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miércoles, 4 de abril de 2012

El mejor escritor en la historia de Colombia

Macondo Literario preguntó a sus lectores sobre cuál escritor consideraban el mejor de la historia de Colombia. Se omitió en la encuesta a Gabriel García Márquez para ver las preferencias más allá de nuestro Nobel de Literatura. Aquí los resultados:

1. Fernando Vallejo - 88 votos (24%)
2.Germán Espinosa - 46 votos (13%)
3. Álvaro Mutis - 43 votos (12%)
4. Andrés Caicedo - 35 votos (9%)
5. Jorge Isaacs - 30 votos (8%)
6. Tomás Carrasquilla - 29 votos (8%)
7. José María Vargas Vila - 25 votos (7%)
8. José Eustasio Rivera - 23 votos (6%)
9. Fernando González - 18 votos (5%)
10. Gonzalo Arango - 16 votos (4%)


Total de votos: 353

jueves, 29 de marzo de 2012

Macondo Literario: 100 mil visitantes!

Hoy nuestro blog ha completado sus primeras 100 mil visitas.

¡Muchas gracias a todos por apoyar y acompañar nuestra labor de difusión de la literatura colombiana!

Macondo Literario

domingo, 22 de enero de 2012

Macondo Literario: Lecturas de vacaciones

Macondo Literario convocó a finales del año pasado a escritores colombianos, noveles o con trayectoria, a que publicarán su trabajo en nuestro blog. Como resultado se selecionaron 43 cuentos y poesías de autores provenientes de diversas partes del país, que se publicaron entre el 12 de diciembre de 2011 y el 22 de enero de 2012.


De los 43 autores, 20 fueron seleccionados por convocatoria abierta, y 23 corresponden a las antologías "Cuaderno 2011" y "Los Iletrados", ganadoras de las Becas a la Edición de Antologías de Talleres Literarios del Ministerio de Cultura de Colombia en 2011, cuyos autores fueron invitados a compartir sus escritos en Macondo Literario.

Un saludo de agradecimiento y felicitación a los seleccionados e invitados para estar aquí, en estas lecturas que nos han acompañado durante las vacaciones.

Los invitamos a ver la lista de autores publicados y a leer sus textos:

  1. Diego Gómez Pineda El día que no quiero ver
  2. Jaime Londoño Recorrido final
  3. Jhon Agudelo García Proceso para confirmar la existencia de Dios
  4. Santiago Iregui Un recuerdo caleño me atormenta
  5. Joaquín Rueda Azael
  6. Monica Lorena Carrillo Salazar Quién dijo
  7. Karen González Fragmentos del libro de cuentos "Idilios"
  8. Nixon Candela Mi noche se ha rehusado
  9. Isabel Cristina Arenas Recuerdos premonitorios
  10. Junior Adilson Pantoja Montoya Leyes de la naturaleza (de los cuerpos)
  11. Bambi Conversación corta sobre la taxonomía de un reloj
  12. Mauricio Vargas Herrera 1969
  13. Sergio Daniel Vargas Muñoz El caminante
  14. Nubia Pérez A dos días de camino
  15. Alex González Flash, té flash
  16. Mario Froilán Blancanieves y el Joe
  17. Alvaro Rodríguez Lugo Rosario la boyaca
  18. Diana Paola Casillo La niña de papel
  19. Graciela Guarin Avellaneda Luna de miel
  20. Claudia Carrión Mala suerte
  21. Gloria Elena Hoyos Argumento en mi defensa
  22. Ángela del Pilar Lancheros Mora Un chapuzón
  23. Luis Enrique Martínez Dueñas Yo no soy yo
  24. Mabel Moreno Vacío
  25. Laura Brainsky Esencia Sagrada
  26. Álvaro Vanegas Una razón para sonreír
  27. Ricardo García Madariaga Guerrero fatigado
  28. Camilo Vásquez Motor inmóvil
  29. Henry Linares Ernestina París
  30. Diana Hernández Varona Al son de la pulla loca
  31. Miguel Angel Guerrero Ramos Tus ojos, como el dulce abrevadero de los ángeles
  32. María Luisa Pieschacón Cenizas de sueños
  33. Ismael Iriarte La obra maestra
  34. Carol J. Ángel La tristeza y el entusiasmo bailan un vals
  35. Jimena Sandoval Tus manos entre las mías
  36. Idaly Monroy El retorno de las hermanas Jantipa
  37. Esteban Salamanca Paez Vapor en las ventanas
  38. Marcela Carillo Pasos para olvidar una hipoteca
  39. Maria Fernanda Molano Hernandez No sabía que era su hermana
  40. Carol Ximena Garzón Elemental
  41. Miguel Antonio Torres Pereira Poemas
  42. Gustavo Mesa Epístolas para un pasado
  43. Jairo Andrade Pasos en falso

Pasos en falso (por Jairo Andrade)

El rastro de la anestesia alojada en mis maxilares produce cada tanto súbitos cortocircuitos que se extienden por mi columna hasta llegar a las piernas. Allí el hormigueo es tal, que me parece tener muslos y pantorrillas burbujeantes, caminar por las calles de Tokio provista de plácidas piernas líquidas, piernas de champaña. Resulta curioso que un simple tratamiento odontológico de conductos, con las incomodidades que implica, pueda convertir un paseo por las calles de Tokio en una experiencia tan placentera. Pero además, el clima pareciera también estar a mi favor. El sol le presta un tono límpido al aire cálido. La superficie de una mesa, el vestíbulo de un rascacielos, una copa de sake, los ágiles caracteres de los avisos, todo parece pulido en secreto por este aire confabulado. Es así como el hormigueo de mis piernas me lleva ahora al Jardín Nacional Shinjuku, uno de mis lugares favoritos en Tokio.
Me asalta una duda, sin embargo. Estoy segura de haberme visto a mí misma sentada unas sillas adelante, en el mismo vagón del metro, revisando un mensaje de texto. Al principio pensé en la coincidencia de un extraordinario parecido, de modo que me acerqué discretamente para observar mejor a mi doble. Fue entonces cuando sonó su teléfono y empezó a conversar con alguien. Su voz era también la mía, susurraba algo en un español casi neutro, de leve acento bogotano, en contraste con las parcas conversaciones en japonés del vagón. Revisó su agenda, la mía. Sonrió mientras consultaba una fecha, era mi sonrisa. La excesiva simetría me resultó insoportable, quería descender de inmediato. Por fortuna, ya estaba en la estación Shinjuku. Así que la pregunta es, ¿por qué me vi a mí misma seguir de largo en ese tren cuando ya había descendido?
Por lo pronto mi intención es disfrutar el paseo por los estanques de nenúfares, los jardines de azaleas y de arces, el colorido arboreto. Luego reservar un buen lugar para el tradicional picnic a los pies de las flores efímeras de los cerezos, que marca el principio de la primavera. Hoy es el día que con previsión señala la Agencia Meteorológica, el día en que los tokiotas acuden a los jardines para celebrar el Hanami, la contemplación de las lluvias multicolores de las flores de cerezo. Hoy los capullos estallarán en una sinfonía de matices malva, violeta, fucsia, y el viento hará volar los pétalos hacia destinos imprecisos. Adolfo y yo tomaremos pan negro y sake, quizá unos trozos de anguila. Luego llegará la noche y nos iremos de fiesta. Suena mi teléfono. Es él. Su reunión ha terminado, ya viene a encontrarse conmigo. Me pregunta cómo estuvo la cita odontológica, le confío que ahora mis piernas se portan como dos copas de champaña. Se ríe, algo comenta respecto al clima. Pero sus palabras se desdibujan en un ruido de turbinas. La comunicación empieza a fallar y finalmente se corta.
Mientras cruzo el puente sobre los nenúfares, de nuevo me percato de alguien que parece seguirme desde hace un rato. Se trata de un hombre de pulcro traje negro, japonés, que usa un anacrónico bastón con mango de plata. Se detiene a mitad del puente, me mira. Me devuelvo hasta apoyarme en la baranda del puente, a su lado.
—Tengo la impresión de que me está usted siguiendo, señor —le digo, en inglés.
El sujeto suspira, conclusivo.
—Si usted lo ve así no tengo porqué contradecirla, señorita —me responde, en español—. Después de todo hoy es Hanami, día de contemplación de las flores que se lleva el viento. Aunque, es una lástima la lluvia que se avecina. Le arruinará los planes a muchos el día de hoy.
Miro el cielo despejado, de un azul traslúcido. Apenas se divisan unos inofensivos cirros hacia el occidente.
—Me parece que la única lluvia posible hoy será de flores. Es una bendición que no trabaje usted en la Agencia Meteorológica.
—Las apariencias engañan, señorita. Piense usted en esto: cuando la lluvia se seca, se forman las nubes. Un cielo muy despejado es la perfecta fábrica de nubes. Imagine usted la intensa sequedad de la lluvia que contiene.
—En ese caso, señor, es posible que incluso en este momento ya esté lloviendo, con una sequedad razonable.
—De una nube se puede esperar casi cualquier cosa. Se estima, por ejemplo, que un nubarrón puede contener unas 550 toneladas de agua. Eso no significa mucho si no lo transportamos a unidades reales. Pensemos en elefantes. Un elefante pesa alrededor de 6 toneladas, así que un nubarrón puede pesar lo mismo que 100 elefantes. Todos suspendidos en el aire.
—Al paso de su lógica, en una estupenda tarde de verano podríamos simplemente evaporarnos, teniendo en cuenta que nuestros cuerpos contienen un 75% de agua.
—Así es, señorita. Sigue usted mis pasos con precisión asombrosa, pese a que mis pies son, por decirlo de alguna manera, vaporosos.
—Ahora tendrá que disculparme, señor, me dispongo a reservar un buen sitio para compartir el Hanami de esta tarde con mi novio. Como ve, ya hay mucha gente indiferente al mal clima reinante, eligiendo los mejores lugares del parque. Ha sido un placer. Espero que disfrute su tarde de elefantes invisibles.
Él hace una venia, toma mi mano y la besa con absoluta cortesía. Mis pasos burbujeantes me llevan a un recodo del camino donde el pasto, de un verde encendido, enmarca el ramaje inclinado de los cerezos florecidos. Extiendo una pañoleta blanca bajo el follaje y marco el número de Adolfo. No contesta. Debe estar luchando contra el tráfico por encontrar la mejor ruta a Shinjuku. Mientras espero que devuelva mi llamada, me tiendo sobre la pañoleta para disfrutar el contraste de los capullos contra el cielo. Mis piernas burbujean más que nunca, cruzo los tobillos. Cierro los ojos y las burbujas ascienden por mi pelvis y mi torso hasta alojarse en la cabeza. Entonces estoy en Bogotá, metida en el jacuzzi con Adolfo.
—¿Te sientes bien? —me pregunta.
—Todavía tengo una pequeña molestia en el maxilar, pero no te preocupes, ya se me pasará. Sé un buen payaso. Hazme reír un poco.
—¿No es un tanto masoquista querer reírse cuando a uno le duele la boca? Mejor te doy un masaje de hombros. Ven aquí. Cierra los ojos, relájate…
Abro los ojos. Una joven japonesa me observa de pie, al borde del camino. Viste el uniforme escolar típico, de blusa, corbata y minifalda. Sobresaltada, me incorporo.
—Hola —le digo, en inglés.
—Hola —me responde, en español.
—¿Puedo ayudarte en algo?
—No. Creo que es al contrario. Yo puedo ayudarte en algo.
Le sonrío. No sé a qué se refiere. Noto profusas cicatrices de cortes en sus antebrazos.
—Me parece que necesitas una guía —concluye la joven.
—Tan bella. Te lo agradezco, pero ya sé cómo moverme por las rutas que necesito en Tokio. De hecho, estoy esperando a mi novio para celebrar el Hanami. ¿Quieres sentarte un momento?
Se acomoda a mi lado. Su hermosa mirada es un muro tras el que duerme una remota tristeza. Sus ojos son densas nubes de sequedad infinita sobre un cielo despejado.
—Lamento decirte esto, pero no estás en Tokio. Estás en Kioto, en el Parque Imperial de Kioto —me dice después de una pausa; su mirada oscura fija en mis ojos.
Le sonrío. Miro alrededor con una mezcla de temor y tristeza. Veo un sendero de guijarros y al fondo el antiguo palacio imperial de Kioto.
—Tienes razón —le contesto, perturbada—. Estoy en el Parque Imperial de Kioto. Pero la verdad es que ya no sé con certeza dónde estoy. Creo que de nuevo he perdido contacto conmigo misma.
—Puedes llamarme Mitsuko. Pero te advierto que no soy una simple colegiala. En realidad soy un objeto de culto. Soy el talismán de los infinitos jardines personales perdidos.
Me explica que pertenece a un círculo de jóvenes japonesas dedicadas al cultivo del desencanto. Un club de apoyo para la consecución del suicidio colectivo. Su círculo se inauguró la tarde en que un grupo de colegialas saltó a la línea del metro, tomadas de la mano. Solo sobrevivió una, ella.
—Desde entonces mi vida carece de sucesos propios. Paso de una mente a otra como el personaje de un cuento que cada lector recrea a su antojo. Pero soy buena descifrando laberintos. Toma mi mano, te sacaré de este.
Mientras me habla, advierto que Mitsuko carece de dientes. Y ahora tampoco hay globos oculares en las órbitas de sus ojos. Me veo flotando bocabajo entre las burbujas magenta del jacuzzi. Una parte de mí concluye que Adolfo no existe. Me levanto, espantada. Truena. El viento azota el ramaje de los cerezos, barre las hojas junto al camino. El jardín se oscurece, súbitamente cae un fuerte aguacero. Tomo la pañoleta y empiezo a correr hacia cualquier parte. Sé que Mitsuko, inmóvil, me sigue con su mirada hueca. Mientras me pierdo por los senderos del parque regreso al vagón del tren en Tokio. Me veo a mí misma bajarme en la estación de Shinjuku, quizá voy para el Jardín Nacional, uno de mis destinos preferidos en la ciudad. Llego al hotel, el recepcionista hace una amable venia al verme, usa un anacrónico bastón con mango de plata. Me pregunto dónde podré estar entonces, si no voy rumbo a la habitación. Suena mi teléfono. Es Adolfo. Dice que ya terminó su reunión, me propone encontrarnos en los jardines Koshikawa. Me indica cómo llegar en el metro. Acepto, aunque me duele un poco el tobillo. Lo comparo con el tallo fisurado de una copa. Él se ríe. Seguro aquél paso en falso la semana pasada, mientras trotaba en el parque de Kioto, explico. Algo me dice acerca del clima, pero sus palabras se desdibujan en un ruido de turbinas. La comunicación empieza a fallar. Luego se corta.

...

Sobre el autor:
Jairo Andrade. Cali, 1971. Fue segundo premio en el concurso Narrativa Joven (Alcaldía de Cali, 1989), Primer Premio en el concurso de cuento IDCT (Bogotá, 1999), primer finalista en el Concurso Nacional de Novela Corta Universidad Central (Bogotá, 2009 y 2010), segundo premio en el Concurso Nacional de Cuento Universidad Central (Bogotá, 2010) y finalista en el concurso de cuento homenaje a Clarice Lispector del Instituto Brasil - Colombia (Bogotá, 2011). Ha sido director de talleres y jurado de concursos literarios en diversas universidades, y en el Concurso Nacional de Cuento RCN - Ministerio de Educación desde 2007. Dirige el Taller Virtual de Escritores desde 2009, y el Club de Literatura de la Fundación Gilberto Alzate Avendaño desde 2002. El cuento aquí publicado hace parte de la antología "Cuaderno 2011", proyecto ganador de una de las Becas a la Edición de Antologías de Talleres Literarios del Ministerio de Cultura de Colombia (2011).

sábado, 21 de enero de 2012

Epístolas para un pasado (por Gustavo Mesa)

Bogotá, 01 de noviembre
En sincero agradecimiento por su presencia durante la conferencia sobre existencia alienígena que dicté la semana pasada, me reitero. Querida Matilde, usted era mi invitada de honor, a decir verdad, quería impresionarla con aquella exposición preparada minuciosamente. Sin embargo, vi con desilusión mi esfuerzo fallido: usted partió veinte minutos antes de concluirla. Sabía de su regreso a Viracachá y la hora de salida del transporte interdepartamental; ninguno de los dos intervenía con el horario de mi disertación.
Es bien conocida su erudición en estos temas y su experiencia relacionada con avistamientos personales allí en nuestro pueblo, motivos suficientes para haber intercambiado ideas luego de la conferencia. Teníamos tiempo de sobra, y por lo que pude intuir momentos antes de comenzar, cierto interés por conocernos a fondo, pues aunque seamos del mismo pueblo es claro que esta afinidad la hemos desarrollado por separado, así que esperaba un acercamiento, no sé si me habré equivocado; quizás se presentó algo inesperado que le obligó a salir con premura.
Déjeme, por favor, saber su opinión sincera sobre la manera como abordé el tema en aquella conferencia, pues la incertidumbre se cierne sobre mí. El discurso basado en mitos y creencias del pasado se diluía en mi afán de cimentar conceptos que difícilmente podía demostrar. Estoy por creer en usted como el indicador de mi éxito o mi fracaso en lo concerniente a mi desempeño como conferencista de temas alienígenos; puede decirme lo que quiera, hasta un reproche resultaría una luz en la oscuridad de mi búsqueda.
Con mis mejores deseos,
Fulgencio Llapantín.

Viracachá, 05 de noviembre
Mi estimado Fulgencio, debe perdonar mi falta de modales, sencillamente no pude con el tedio que sentí durante el transcurso de su exposición, no es que estuviera mal, por el contrario, hasta cierto punto fue impecable.
La culpa no es suya, no podía saber; el tema de su conferencia es en realidad una receta probada desde que tengo memoria y la verdad siento que ya me harté de ella, casi podía adivinar la palabra siguiente en cada oración al ir formulando su discurso y ni qué decir de las ideas, no había nada distinto a lo de siempre, nada que pudiera sorprenderme. ¿Será posible?, digo, ¿puede alguien hablarme sobre un tema conocido y causarme la misma sensación que la primera vez en que abordó mi mente?
Quizá comprenda la intención de mis palabras y lo tedioso de un asunto cuando se trata de manera reiterada, pero sin la contundencia original. Estoy segura de que quien le cantó al corazón partido (figúrese qué estribillo), logró sorprender por su inusitada originalidad, fue único, apoteósico, digno de ser escuchado una y muchas veces; sin embargo, me negaría a oír nuevamente esa frasecita del corazón partido. ¿Qué gracia tendría? Si la repitiese otro cantante y en especial si fuera en ritmo de vallenato o reggaetón, sería como una afrenta a los sentimientos que hayan podido despertar esas palabras. ¿Me explico?…
Con toda sinceridad,
Mate.

Bogotá, 06 de noviembre
Entendido perfectamente querida Matilde, ni falta que hace una explicación, pero confieso no tener la menor idea de cómo voy a exponer el planteamiento de este discurso tan trillado en su tema, y sin embargo sorprender. Tu solicitud se me presenta como un reto.
No puedo pasar por la vida diciendo que soy lo que soy si no he superado éste reto de sorprender. Ésta meta, la sorpresa, se está gestando en mí como una obsesión que ha atrapado mi tranquilidad.
Tal vez quisieras ayudarme un poco, no es trampa, ni mucho menos facilismo de mi parte, pero si me relataras brevemente la manera como oíste por primera vez sobre este fascinante tema de la existencia alienígena, quizás así pueda descubrir el modo de encontrarme con mi reto.
Inalterable en mis deseos,
Fulgencio Llapantín.

Viracachá, 10 de noviembre
Mira, Fulgencio, sorprender puede ser un asunto sencillo: entender que los detalles logran expectativas que nos distraen de rutas preestablecidas es la aventura en la que se recrea la razón. Así que para tranquilidad común, trataré de narrarte la manera como me acerqué por primera vez a este asunto. Fue a mi abuela a quien le dio en cierta ocasión por instruirme en temas religiosos, y creyó que para una niñita de once años lo más apropiado era la lectura de la biblia. Nada más inofensivo y tierno que la historia sagrada, obviamente ese recuerdo está sesgado por el potencial del conocimiento adquirido hasta el día de hoy, no te incomodaré con lecturas bíblicas innecesarias, por eso suelto el comentario tal y como salga.
¿Te has preguntado alguna vez la razón por la que Caín no fue muerto por Dios luego de asesinar a su hermano? Me parece que algunos humanos no le somos prescindibles al Creador; lo digo porque en breve, levantó como sustituto de Abel, a Set. Sin embargo, seguía asediando a Caín por las cosas que hacía o dejaba de hacer, sin endilgarle el castigo merecido… ¡Él!, que instituyó la ley del talión, se contuvo de vengar a su criatura predilecta, ¿por qué? Sencillo, Caín había logrado algunas metas, cosas que ninguno de sus contemporáneos podía alcanzar. Mientras sus congéneres seguían de la mano de su creador viviendo en cuevas, o en el mejor de los casos en toldos como nómadas, Caín se hizo sedentario, construyó ciudades sostenibles, un legado que sus descendientes supieron aprovechar. Sus hijos domesticaron animales y sin duda mejoraron el sistema agrícola (después de Adán, Caín fue el siguiente en ganarse el pan con el sudor de la frente), trabajaron metales con los que desarrollaron herramientas para alcanzar una enorme ventaja cultural sobre los clanes patriarcales de su era y hasta elaboraron instrumentos musicales que nunca nadie había tañido tan magistralmente como ellos. Dios seguía ahí observándolos, desde la comodidad del cielo miraba cómo aquellos adelantos tecnológicos les hacían más placentera la vida. Pero, ¿qué tiene que ver esto con el tema de nuestro interés? ¡Todo!
No es que Caín y sus descendientes fueran más inteligentes que sus bien encaminados hermanos, la diferencia estaba en quién les asesoraba, quién les daba información de primera mano para que ostentaran una civilización antediluvianamente adelantada. La respuesta estaba expuesta de manera tan sencilla que casi pasa desapercibida, si mi abuela no hubiera hecho referencia a los ángeles caídos. ¿Caídos? ¿De dónde? ¿Por qué?
Según ella, estos hijos de Dios se rebelaron contra su creador al decidir no continuar con sus labores celestiales. Contradecían el propósito para el cual fueron creados; al bajar a la tierra y cohabitar con los humanos, se degradaban y cometían un acto de aberración al engendrar hijos híbridos: los nefelim. Exactamente lo dicho en su discurso, al mencionar a los Igigis y a los Annunaki en la remota mitología de los sumerios, donde los Igigis no son más que aquellos ángeles desobedientes y los Annunaki su descendencia contranatural, de tal manera que su esencia era tres partes humana y una de espíritu; unos gigantes forzudos que usted mismo describió al abordar en la mitología griega a los titanes, hijos de dioses(as) y humanos(as). En realidad son los mismos relatos vistos desde las peculiaridades de diferentes culturas. Entes que provocaron el desequilibrio en la sociedad humana, a la cual debemos suponer, el ser supremo decidió destruir por medio de un diluvio, algo que usted no supo concatenar y fue la causa de mi retiro: conciliar la destrucción de aquella gran civilización que los griegos conocieron como Atlántida, con la sociedad establecida por Caín. Ahí están los extraterrestres aludidos, quizás de manera inconsciente por usted, los ángeles caídos.
Espero no se haga una imagen negativa de mí, esa es mi manera de ver las cosas y si de alguna forma sirve para exorcizar su obsesión de sorprenderme con un relato superlativo… créame, me sentiré aliviada.
Cordialmente,
Mate.

Bogotá, 20 de noviembre
Estimada Matilde, he tenido una semana de verdadera incertidumbre, su experiencia en verdad reveladora, me sorprendió. Biblia en mano me di a la tarea de corroborar los comentarios aludidos. Ese capítulo sexto del Génesis realmente me impactó, aunque lo había leído en otras ocasiones, para mí no resultaba diferente de un cuento infantil, hasta ahora. ¡Qué contundencia! ¡Qué claridad! Y pensar que estuvo siempre ahí a la espera de ser descubierto. Pero mi sorpresa aumentaba al expandir el raciocinio, pude llegar a entrever como estos alienígenas siguieron presentándose ante la humanidad, incluso después del diluvio, hasta los días de Cristo, de hecho Jesús fue uno de ellos: hijo de una mortal y un espíritu, ostentó un poder superior al de cualquier hombre, sus hechos, aunque desde nuestro punto de vista hayan sido milagros, revelaban ampliamente su origen celestial (extraterrestre). Si es verdad su resurrección y regresó a su hogar fuera de la tierra, entonces los contactos con estos seres del espacio deben ser más frecuentes de lo que cualquiera pudiera imaginar. A pesar de lo sacro de la biblia, si se limpia la hojarasca religiosa de sus versículos, habrían de descubrirse las flores escondidas en el prado de sus capítulos. Qué opinas de esto, querida Mate.
Atte.,
Fulgencio Llapantín.

Viracachá, 25 de noviembre
Me sorprendes, mas te advierto que no hay nada nuevo en tu asombro, para no ir más allá, fíjate que Steven Spielberg lo resaltó en su película El Extraterrestre. Jesús y ese muñeco
taquillero tenían más en común de lo imaginado: no eran de este mundo. E.T. se desplazó en frenética carrera sobre las aguas de un estanque sin hundirse, Jesús lo hizo sin correr, sobre las aguas del mar de Galilea; los dos realizaron sanaciones físicas, participaron en festividades con algo de alcohol y hasta tuvieron una resurrección antes de regresar a casa.
¿Acaso se debe buscar sorprender o escandalizar? ¡No caigas en ese error! Por favor, ¿puede la conmoción buscada por el escándalo, perdurar? Su gratificación es fugaz y errada. Mas la sorpresa es la idea completa, lista para ser degustada todo el tiempo que se desee y cuantas veces se quiera; porque complace, la sensación creada se compagina con la verdad latente.
Quizás el asunto esté en replantear los conceptos, tal vez al observar los detalles que suelen darse por sentado, pero que en realidad no han sido debidamente analizados. Esto me hace recordar un asunto que tengo pendiente por dilucidar sobre la conferencia que diste. ¿Qué sucedió con los Igigis luego de que el diluvio destruyó los cuerpos que crearon para convivir con la humanidad primitiva?
Lo pregunto porque sin duda los Annunaki, sus hijos, por ser humanoides no tuvieron posibilidad ante el inminente fin provocado por aquel cataclismo, y sus tres partes humanas arrastraban el sello de la mortalidad.
Espero respuesta.
Mate.

Bogotá, 26 de noviembre
Usted me desconcierta, Matilde querida, ahora sólo puedo divagar; asomar la razón al ventanal de lo divino sólo me ha traído angustia, aún pesa en mí la carga de la deidad, pero supongo un fin humano a los cuerpos materializados por ellos mismos. Su parte divina e inmortal, (en el buen sentido de la palabra), debió regresar a su lugar de origen, aunque quizás en vano, ya que no eran parte de esos ángeles sometidos a la voluntad del creador. Hay quienes creen ver en la referencia: “echados al tártaro”, el castigo inmediato de su error, pero éste tártaro no es un lugar, sino más bien una condición de inhibición donde ya no pueden acceder al cielo, tampoco volver a lo físico para interactuar con la humanidad y así procrear nuevamente hijos. Sí existe la idea del limbo éste aplicaría exclusivamente a ellos, lo difícil del asunto es descubrir la ubicación de esa condición tartárica. Si me atengo al buen sentido del creador, lo situaría en el lugar más apartado de la humanidad o quizás… bueno, a veces pienso, es mejor no saberlo.
Alguien me hizo caer en buena cuenta de la celebración del primer día de este mes. ¿A qué difuntos conmemoramos? Un cristiano diría, sin duda, a todos los difuntos bautizados en la fe. El problema es que casi todos los pueblos de la tierra sin importar la religión que profesen, observan éste día de los muertos, día coincidente con el inicio invernal en el hemisferio Norte; ésta asociación de lluvia y muertos bien pudiera rememorar en el inconsciente colectivo de la humanidad la destrucción por un diluvio, de nuestros primeros ancestros, además de los hijos de los ángeles y de los cuerpos de esos ángeles. Aunque esos cuerpos hayan vuelto al polvo de la tierra, lo único que no recicló el planeta fue la parte intangible de esos ángeles caídos, su espíritu. Espero sirva de algo esta reflexión en tu análisis sobre el paradero de esos entes que percibo como ángeles caídos, quizás extraterrestres o en el peor de los casos, demonios.
Dime, ¿realmente viste ovnis en Viracachá o uno ve lo que quiere ver?
Con todo afecto,
Fulgencio Llapantín.

...

Sobre el autor:
Gustavo Mesa Bernal. Nací en Bogotá el 24 de marzo de 1961. Mi profesión es la lutheria (instrumentos folklóricos de percusión y viento), me dedico a la investigación de la mitología universal y en especial la de mi pueblo cundinboyacense; por ello mis escritos, sean relatos o poesías, parten de una exploración de las concepciones y apreciaciones de nuestros ancestros. He recibido un taller de poesía en la Casa Silva, dirigido por mi distinguido amigo y escritor Armando Orozco, y participé en el Club de Literatura de la Fundación Gilberto Alzate Avendaño entre 2006 y 2010. También he recibido mucha colaboración de mi esposa, que es escritora, y de mi hija, que estudió literatura y lingüística en la Universidad Nacional. El cuento aquí publicado hace parte de la antología "Cuaderno 2011", proyecto ganador de una de las Becas a la Edición de Antologías de Talleres Literarios del Ministerio de Cultura de Colombia (2011).

viernes, 20 de enero de 2012

Poemas (por Miguel Torres Pereira)

UN MILAGRO CREPITANTE

Los dioses no sabían que yo amaba
el rito purificador
no advirtieron mi esencia fragorosa
tampoco sospecharon
que la intimidad de la piedra
me ofrecía su espíritu
en el grito de la hoguera


Fue Prometeo jugando con los hombres
quien se atrevió a colocar en sus manos
el fuego
mi promesa de ceniza


EN MEDIO DE LA TARDE
Un largo, un oscuro salón
Tal vez la infancia
Aurelio Arturo

En el celaje del relámpago
hallé el camino de la infancia
un corredor apacible
un patio súbito de encantos
el escondite secreto de esos días
cantados en la algarabía de la tarde

Infancia sagrada ungida con hierbas y asombros
festejada en el filo de la luz
con una ronda de pocas voces

Sólo éramos tres
anudando miedos en el reclamo del trueno
en la desolación de los espejos
en los baúles y su abandono
Sólo éramos tres en medio de la tarde
en el corazón de la noche

CREO EN LA LUZ
Detuve mi partida por creerle a la luz
que confirmó mis asombros
advertí el murmullo de la eternidad
que aprisiona el caracol
voces haciéndose fósil en la edad de la tierra
Supe del resplandor que bebió la luciérnaga
para lanzarlo como fulgor a los cerezos
y posarlo en la manga de mi camisa
Descifré los hilos del tiempo en el nido
de los pájaros
los enigmas del cosmos en sus cantos
en el temblor del agua tus miedos milenarios

Fueron mis sombras desandando la noche
persiguiendo los orígenes que se escurren
como agua de acequia
Descubrí la fragilidad del barro
en la hierba y el árbol que declinan
en las urgencias que te aniquilan y nos prolongan
Sobre este instante altísimo todo lo entiendo
Somos mar somos sangre galopando
y un grito que zozobra.
EN OTRO AMBITO
Yo nací cuando sentí un deseo
la tierra estaba bajo mi
cuerpo, hermosa
V. Alexandre
Hoy bajo esta piel que me limita
y me recuerda hasta donde soy
siento
que desde antes de mi génesis
aleteaba clamando un ancho espacio
(Un patio por ejemplo)
con olor a naranjos
toronjil y hierbabuena
con un aljibe donde la luna bebiera mi imagen
y el viento la arrugara
susurrándole que fui desde siempre
desde cuando el agua es
y la luz
y el milagro de la sombra que traduce

Que tal vez existía bajo otra piel
que mi carne es prolongación obligada
para otro ámbito
(quizás otro patio)
con otros olores
con otro aljibe
pero siempre la misma luna
bebiendo esta imagen repetida
en la algarabía de Leda y Carolina.

(A Leda Cecilia, Maria Carolina, Astrid Carolina)

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Sobre el autor:
Miguel Torres Pereira. Arjona, Bolívar, 1960 . Licenciado en Ciencias de la Educación, Biología y Química de la Universidad del Atlántico. Ganador del concurso de poesía Casa Silva en Cartagena, 1993. Premio de poesía Jorge Luis Borges (Universidad del Magdalena, 1995). Premio de poesía del Caribe Colombiano (Universidad del Magdalena, 1998). Primera mención Concurso Nacional de poesía Gustavo Ibarra Merlano, 2005. Autor de los poemarios De luna y piel en otro Ámbito. Secretaria de Educación Distrital Cartagena (1996). Estación del Instante. Colección los conjurados. Común Presencia Editores. Bogotá (2007). Cofundador del taller literario Encuentro con la Palabra. Antologado en la Antología de poesía colombiana Nuevas Voces de Fin de Siglo de Gustavo Revelo,1999. Antologado en la Antología de la Poesía Colombiana de Iván Beltrán Castillo. Fundación editorial el perro y la rana. Caracas, Venezuela (2008). Antologado en la Antología de Poesía Colombiana “Cincuenta poetas Colombianos y una antología” ediciones caza de libros Ibagué Colombia 2010

jueves, 19 de enero de 2012

Elemental (por Carol Ximena Garzón)


Dormí tan profundo que dejé de existir. Fui inmenso, diluyéndome poco a poco. Y ya no fui uno sólo, fuimos pedazos.

Fuimos alimento, carne, hojas, sangre, madera. Sólo restos de un alguien que en un momento de sueño profundo, así de la nada, una vez más dejó de existir.


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Sobre la autora:
Carol Ximena Garzón. Ecóloga nacida en Bogotá. Cuenta con maestría en biología evolutiva. Actualmente está finalizando su doctorado en Ecología Tropical. Participó en los talleres de Creación de Cuento y Creación de Personajes en Luziérnaga Café Libro en 2010. El cuento aquí publicado hace parte de la antología "Los Iletrados", proyecto ganador de una de las Becas a la Edición de Antologías de Talleres Literarios del Ministerio de Cultura de Colombia (2011).

miércoles, 18 de enero de 2012

No sabía que era su hermana (por María Fernanda Molano Hernández)

Sangre, gritos, sollozos y paramédicos fue lo que encontró “El pillo” cuando regresó del escondite con unos cuantos gramos de la brava en su bolsillo. Al ver a su pequeña hermana de tan solo diez años sin vida, cayó de rodillas, las lágrimas comenzaron a brotar y su cabeza parecía una carretera en la que chocaban miles de recuerdos sobre Liliana.
Ese martes a las cinco de la mañana “el pillo” ya estaba listo para marcharse. Terminaba de aplicarle la dosis de morfina a su hermana. Con esta calmaba un poco el dolor que le producía el cáncer avanzado en la sangre. Un ¡te quiero Juancho! eran las palabras que salían de sus pálidos y lánguidos labios antes de quedarse dormida. Escucharla le daba fuerza y valor para continuar nadando en el horrible pantano en el que se había sumergido.
La calle estaba sola, fría y casi a oscuras. Hasta el duro de “los rastrojos” temía la salida inesperada pero mortal de alguno de los enemigos más peligrosos en esos momentos, de alguno de “los traquetos”. La muerte del “gusano” en manos de “los rastrojos” había hecho que el ambiente se pusiera más tenso de lo normal. Pero el camino por la calle de la muerte había terminado. Su parcero “el perro” lo estaba esperando en la esquina, - ¡Qué más mi perro!, ¿listo para la vuelta? Exclamó “el pillo” – ¡claro guebon, usted sabe como son las vainas conmigo! Agregó “el perro” y le entregó las llaves del “búnquer de la droga”; el lugar secreto y más importante de la pandilla paisa. Allí se encontraba una gran variedad de alucinógenos de todo el país: marihuana, cocaína, heroína...todo un banquete de drogas.
El pillo se dirigió al búnquer. En este lugar lo estaban esperando tres miembros más de “los rastrojos”. Esa mañana iban a vender una gran cantidad de heroína. La tarea del pillo era decisiva en aquel objetivo: era el responsable de manejar la camioneta en la que se iba a transportar la droga. Su destino era el norte de Medellín. Allí debía entregársela a “Don Pedro”, un rico empresario dueño de casi todas las discotecas de la ciudad.
A pesar de la comodidad que le brindaba el cargo de gerente en una prestigiosa empresa del país, la ambición de Don Pedro lo llevó a convertirse en expendedor de drogas en las discotecas.
La avanzada enfermedad que padecía Liliana la mortificaba con agudos dolores en todo el cuerpo. Ese día los dolores eran insoportables, habían desaparecido por unas cuantas horas, pero la morfina ya había hecho su efecto. Ahora necesitaba calmar esas intensas mordidas de serpientes que sentía en todo su cuerpo. Las fuertes picadas la hicieron levantar de su cama. Con gran esfuerzo llegó a la habitación de su hermano y con débil mirada comenzó a buscar papeletas de cocaína, la cual se había convertido en su salvación desde hace una semana.
Unos cuantos gramos calmaban los intensos dolores de Liliana, por eso “el pillo” no se había dado cuenta que su hermana la consumía. En las alucinaciones Liliana veía a su madre, sentía que la abrazaba y le decía: ¡Te amo mi princesita el fin de semana te voy a llevar al parque y vamos a comer helado! Los fuertes dolores mezclados con la ansiedad y la impotencia la hacían alucinar y delirar y el no encontrar a su amiga blanca como la había llamado la estremeció y desesperada comenzó a gritar: -¡amiga dónde estás, no te escondas, te necesito, estoy triste, quiero ver a mi mami….mami ya no me quieres, quiero salir a jugar al parque y comer helado!
Era toda una mansión la casa de “Don Pedro”. Una gran piscina, tres jacuzzis, hermosos carros y camionetas deleitaban los ojos de “el pillo” -¡Si sigo como voy muy pronto tendré esto y mucho más! Era su pensamiento. -¡oiga señor, el jefe lo está esperando en la cabaña! Le dijo un hombre alto, con gafas oscuras y corbata -¡Si, si qué pena es que estaba un poco distraído, ya voy para allá!
Al “perro” le estaba yendo bien. En pocas horas había vendido dos kilos entre cocaína, heroína y marihuana. De pronto, sintió que alguien le halaba la camisa por detrás, y cuando se volteó vio a una pequeña niña descalza y demacrada:
-¡Señor quiero que me dé una bolsa del polvito blanco! Y sacó de un bolsillo de su vestido sucio y roto el billete de $50.000 que había encontrado en el armario de su hermano. Los ojos del perro brillaron al ver este billete y no le importó entregarle la última bolsa de heroína que le quedaba en esos momentos a la pequeña niña.
El pillo estaba feliz. Don Pedro quería más kilos de cocaína y estaba dispuesto a pagar muy bien por ellos. Se subió a la camioneta y salió volando para el búnquer de la droga. Mientras conducía emocionado llamó al perro y le dijo: -¡Hermano habla con “el pillo”, “el marrano” quiere más cocaína y está dispuesto a pagarnos $16.000.000 por diez kilos, voy a recogerlos al escondite!
El pequeño corazón no aguantó más los efectos de la heroína, los latidos fueron disminuyendo poco a poco. La respiración de Liliana desapareció y el cuerpo se desplomó en medio de la carretera. En esos momentos venía una camioneta a 140 kilómetros por hora que arroyó el cuerpo de la pequeña, el asesino escapó y ahora la policía lo estaba buscando. La tragedia hizo que la gente se amontonara y que muchas mujeres lloraran desesperadamente porque sentían el dolor de una madre. Una madre que nunca tuvo Liliana, pues la abandonó junto a su hermano “el pillo” cuando tan sólo tenía un mes de nacida.
¡Hermanita ahora me has dejado solo en este maldito pantano, el hijo de puta que te arroyó lo pagará con su muerte, te lo juro! Pensó “el Pillo”. En esos momentos una mano sobre su hombro lo sorprendió: -“Vámonos hermano que es peligroso estar aquí, esta fue la niña a la que yo le vendí droga esta mañana”. Susurró “el perro” en el oído del “Pillo”. Estas palabras lo dejaron frío, nunca se imaginó que el asesino de su hermana lo tenía por detrás: – ¡Maldito “perro” usted mató a mi hermana! Exclamó gritando “el pillo”.
-¡Hermano perdóneme la vida, no sabía que era su hermana y por eso le vendí unos cuantos gramos de la brava, sentí su impotencia y traté de calmarla! Cuando “el pillo” escuchó estas palabras cogió violentamente de la camisa al “perro” y le dijo:
-¿Acaso la impotencia se puede confundir con la falta de amor que la puta madre no le da a uno? Claro como usted creció al lado de su gran puta madre qué va a entender de estas chimbadas! ¡Usted mató a mi hermana por su maldita ambición! Y con fuerza lo zarandeo. Ante esto el perro le contestó ofendido:
-¡Ambición que sentimos todos los que entramos a este mundo y persona más ambiciosa que usted no creo que exista sobre el planeta tierra y no le permito que se meta con mi madre!
-¡Usted se metió con lo más importante que tenía en la vida, por eso ahora tengo todo el derecho de meterme con su gran puta madre y con usted, maldito perro! y sacó la pistola que cargaba en su bolsillo y apuntó al pecho del perro. -¡Usted me acaba de quitar media vida, me dejó agonizando y la única forma de saldar nuestra cuenta es matándolo hermano! Y disparó tres veces quitándole la respiración de inmediato.
Pero el asesinar a “su parcero” no acabó la desesperanza que inundó su alma y cegó su razón, por eso, atormentado y desesperado, se disparó en la cabeza apagando también su vida y dejando la acera impregnada con la sangre de tres cadáveres.

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Sobre la autora:
María Fernanda Molano Hernández es estudiante de IV Semestre de la Licenciatura en Lengua Castellana de la Universidad del Tolima. Actualmente es integrante del proyecto de Investigación de dicha Universidad en didáctica de la Literatura llamado “Una didáctica de la literatura para la lúdica y la investigación” dirigido por la profesora Orfa Kelita Vanegas. Es coordinadora del proyecto del Nodo Tolima de Rednel que ha sido reactivado en la Universidad del Tolima en el presente año. Participó como asistente en el VIII ENEL y en el IX ENEL (Encuentro Nacional de estudiantes de Literatura y Afines) realizador por Rednel (Red Nacional de Estudiantes de Literatura y Afines) que se llevó a cabo en la Universidad del Valle en el año 2010 y en la Universidad de Cartagena en el año 2011 respectivamente. En este año participó en el Taller de Creación Literaria de Minicuento orientado por la periodista y escritora Pilar Lozano Riveros el 19 de Agosto. También asistió al Simposio Internacional de Heteronimia Poética llevado a cabo el 29 y 30 de Agosto en la Universidad de los Andes en Bogotá. En el presente año ha escrito artículos para el boletín Entérate y para la revista Seres y Saberes de la Facultad de Ciencias de la Educación de la Universidad del Tolima. Actualmente está recibiendo clases de inglés en el Centro de Idiomas de la misma Universidad. Asiste al Taller de Creación Literaria y de Interpretación Hermenéutica de la Literatura dirigido por el docente Omar González.

martes, 17 de enero de 2012

Pasos para olvidar una hipoteca (por Marcela Carrillo Cano)

Los últimos rayos del sol chocan contra las construcciones, ocultando de a pocos las formas de Dyckman Street. A los edificios van llegando cientos de personas con el pelo desordenado y el cansancio de otro día expresado en el rostro. Un hombre entra al apartamento. El tren retumba a lo lejos. La luz del recibidor se enciende mientras el hombre deposita junto al paragüero un maletín de cuero color caoba.
Lentamente el hombre se va despojando de su vestimenta a medida que camina hacia la sala, la cual todavía permanece a oscuras. Primero la chaqueta del vestido. Todo lo hace con lentitud. Le pesan los días de trabajo interminable. Lleva sobre sus hombros el peso de la rutina. Por esa razón el hombre se quita la chaqueta del vestido al entrar al apartamento, pues tal vez así el peso sobre su espalda se reduzca.
Pero no desaparece. Se afloja la corbata amarilla y tira de ella como si una serpiente venenosa le envolviera el cuello. Tira de la corbata con fuerza, pelea con ella, la odia, y en su pensamiento sólo está el deseo de deshacerse de ella lo más pronto posible. Sin embargo, todo sucede con lentitud, pues sabe que la serpiente amarilla, al final, dejará de ahorcarle cuando se desate el nudo.
El hombre suspira. Recuerda a la mujer del metro que lo miraba como invitándolo a escaparse con ella. Llevaba una falda corta y los labios brillantes. Suspira de nuevo para luego dejar de recordarla. Le aprieta el cinturón, le estorba la camisa. Por eso la desabotona. Primero el botón inferior, después el que le seguía, y después un tercer botón para seguir con el cuarto. Parecía que los botones nunca acabarían, como no acabarían los días llenos de cansancio. Todos los días acababan de la misma manera, con los últimos rayos del sol chocando contra las construcciones de Dyckman Street.
Finalmente la camisa cae al suelo tras mucho desabotonar. El hombre se siente observado. Se siente vulnerable. Ya nada lo protege del frío. Ya nada lo protege de las miradas acusatorias. Pero el peso que lo perseguía aún no ha desaparecido. Qué más da que haga lo que le han repetido tantas veces que no debe hacer.
Entonces decide experimentar. Sacude un poco la pereza y el aburrimiento. Sacude las piernas, los pies, las rodillas, la panza. Sacude los zapatos hasta que estos se desprenden de las medias y golpean el suelo. Qué bueno es deshacerse de las cosas que no sirven. Qué bien se siente sacudir el aburrimiento entre los dedos del pie izquierdo.
Ahora, el acto final para ser libre casi del todo… Los pantalones. ¡Ahh! Los pantalones que resbalan por las piernas, caen hasta los tobillos y de una patada vuelan por los aires como en un partido de futbol; el público enloquece, grita desesperado. Miles de personas observan el triunfal juego.


–Llamaron del banco hace una media hora, dejaste vencer el plazo de la hipoteca –dije como recitando la lista del mercado–… Y tienes el descaro de tirar la ropa por toda la casa…
Ya no reconocía al hombre semidesnudo que se paraba frente a mí. Ese no era el hombre con el que me había casado.
Era cierto que la llamada del banco me había puesto furiosa, pero lo que en verdad me molestaba era la forma en que entraba por la puerta, sin ni siquiera notar mi presencia, y la forma de desvestirse y tirar la ropa por ahí.
Lo que me enfurecía era la manera en que tiraba los pantalones y los hacía volar por el aire como si se tratara de una casa de estudiantes. Cuantas veces debía decirle que no se desvistiera en el recibidor del apartamento sin verificar que no hubiera visitas en la sala. El hombre me miraba aterrado, no sé si por la noticia de la llamada o porque sabía que acababa de hacer lo que más me molestaba en el mundo. O si su mueca se debía a que acababa de descubrir que había estado observándolo desde que abrió la puerta del apartamento. Sus ojos casi se desorbitaban mientras permanecía inmóvil con sus calzoncillos grises enmarcando la barriga y sus medias de rombos a la vista.
–¿No vas a decir nada? –pregunte.
–¿Decir algo como qué?
–No sé… algo. ¿Puedes decirme por qué no has pagado lo de la hipoteca?
Este hombre en verdad lograba sacarme de casillas. No podía ser el mismo que me propuso que nos casáramos a escondidas y que nos fugáramos a una isla tropical. Mi marido se había convertido en un ser que ya no me hablaba, entraba por la puerta todos los días cansado, con el pelo desordenado. Entraba despacio, como si estuviera cansado. Tal vez sí lo estaba. Tal vez se había vuelto desordenado e irresponsable.
Se había convertido en un hombre que se desvestía a mitad del pasillo y creía que la ropa se recogía sola del suelo. Pero, ni las hipotecas se pagan solas, ni la ropa levita por los aires hasta la lavadora.
–Vuelve a vestirte, tus padres nos esperan para comer –avisé mientras me ponía el abrigo.

La luz del sol había dejado de colorear las construcciones de Dyckman Street. Mientras tanto, el hombre semidesnudo e inmóvil permanecía con una mueca de horror en su rostro.

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Sobre la autora:
Marcela Carrillo Cano es una Artista Visual con énfasis gráfico, nacida en la ciudad de Bogotá, Colombia, en el año de 1986. Actualmente realiza diseños de stands publicitarios y material para publicidad. Taller de Creación de Cuento tomado en el primer semestre del año 2011. El cuento aquí publicado hace parte de la antología "Los Iletrados", proyecto ganador de una de las Becas a la Edición de Antologías de Talleres Literarios del Ministerio de Cultura de Colombia (2011).

lunes, 16 de enero de 2012

Presentación del libro ÉPICA DE LOS DESHEREDADOS

Este martes 17 de enero de 2012, se realizará la presentación del libro ÉPICA DE LOS DESHEREDADOS, lectura de poemas del autor Fernando Vargas Valencia.

Lugar: Café Terra Bar (Calle 53 # 71a-25, Bogotá)

Presentación del colectivo literario de poesía Mariposas En El Estómago.

Adriana Calderón
José Torres
Jorge Álvarez
Andres Pinzón
Wilmar Martínez

Música en vivo:
Abraham Alarcón

Cierre musical con el GRUPO LA DOCE (Músicas de las antillas y el caribe).

Vapor en las ventanas (por Esteban Salamanca)

Cerró la puerta mientras se preguntaba si su novio haría lo que ella quería. Tranquila, con la mirada perdida, y él, recostado a su lado, a la espera que su papá los llevara, sentía que algo crecía bajo su ombligo.
Candela entrelazaba sus dedos, y lo miraba con la ceja arqueada cómo diciéndole que le diera un beso. Mientras él, sonriente, se disponía para cogerle la mano, sin preocuparse por lo que su papá, quien ahora encendía el coche, fuera a pensar por lo que estaba ocurriendo en el asiento de atrás. En el asiento de atrás, de terciopelo gris, dónde ella con disimulo, se acercaba cada vez más y más. Se quitó el saco blanco que llevaba puesto, se recostó sobre el asiento, cerró los ojos, y el chofer adelante, después de quitar el clotch, alistaba el carnet de salida para dárselo al portero. No tenían afán, avanzaban a una velocidad que no sentía. Que no se sentía adelante, porque atrás los corazones palpitaban como queriendo salir, a pesar de que se hacían los que no hacían nada.
—Espérenme acá. Ya regreso —dijo el papá, sin esperar respuesta. Abrió la puerta, tomó su chaqueta y salió del carro, no sin antes cerciorarse que llevaba su billetera.
Se miraron fijamente y sonrieron al tiempo. Ahora ya se estaban besando y él, con sus heladas manos, rozó la espalda de Candela, y le tocó las piernas. Ella sentía un leve cosquilleo, y dejaba salir unas pequeñas carcajadas. Bajó sus manos hasta la cueva de Candela, y ella gimió, luego, ella también sintió ganas de seguir el juego, y le buscó el broche de su cinturón. Lo desabrochó.
—¡Que juventud la de hoy día! —se escuchó afuera.
No importaba la ventana abierta. El calor ya haría empañar los vidrios. Él seguía besándola, pero ahora con más rapidez. Después de que él se inclinara hacia adelante, recostándola sobre la puerta, separó los labios, lamia su cuello y disfrutó verla así. Excitada. Con los ojos cerrados. Sus manos manosearon el pecho de Candela. Luego, ella metió sus manos en la bragueta de Cristian, y consentía lo que tenía. Que placer más delicioso, y a pesar de todo ni corto ni perezoso, también le desabrocho el Jean, y puso sus dedos dentro de la cueva.
Se escuchaban gemidos que venían desde adentro, y pensaban que habían dejado una caja de sabuesos recién nacidos, y vaya que si chillaban por la teta de su madre.
—Ohh me gusta. Sigue así —decía Candela mientras movía su cuerpo adelante y atrás.
Era hora de que el hiciera caso a todo lo que le pedía su princesa de ojos bellos, con cuerpo de chica sexi de telenovela.
Cada uno hacía que la chispa del amor se encendiera. Cristian pensó que ese día, ella amaneció más bella que ayer
Candela terminó su tarea, y sintió que el líquido blanco embardunaba sus manos. Él también acabó tu trabajo, le dio otro beso, y luego, mirándola a los ojos, la tomó de las manos y le dijo que no había en el mundo nadie como ella.
Lo miró a los ojos con la cara sonriente y le dijo:
—Abróchate rápido.
Abrieron la puerta. El papá subió al auto, los miró por el espejo retrovisor, y dijo que el cajero estaba tan lleno que había tenido que hacer cola. Encendió el auto y continuaron la marcha.
Había sido una larga jornada para Candela. Ahora debía retomar su trabajo

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Sobre el autor:
Esteban Salamanca, tengo 19 años, nací en Bogotá. Soy estudiante de literatura de la Universidad Autónoma de Colombia. En el 2012 entro a cursar quinto semestre. Me gusta leer literatura medieval. En mis tiempos libres, acostumbro a leer, escribir cuentos, jugar futbol y escuchar música.

domingo, 15 de enero de 2012

El retorno de las hermanas de Jantipa (por Idaly Monroy)

Febrero de 1976. Hanna.
Hanna estaba muy feliz, acababa de hacer la Lección Inaugural sobre la Grecia antigua en la Facultad de Filosofía. A la salida de su exposición, maestros y estudiantes la saludaron y un grupo nutrido de mujeres la felicitó y le expresó lo importante que era para ellas el tema que había tratado. Hanna y Rosario se quedaron un tiempo más, tomaron un café mientras conversaban “cosas de mujeres”, Rosario la felicitó por la exposición, se despidieron con el cariño de siempre desde que se hicieron amigas, compañeras de universidad y de locuras. Quedaron de verse a los ocho días en la reunión que con regularidad realizaba el colectivo de amigas.

Atenas, primavera de un año del siglo V a. C. Jantipa.
La primavera finalizaba maravillosa, Atenas lucía más que nunca, era la ciudad más grandiosa del mundo; la luz se extendía sobre ella con una generosidad excepcional haciendo florecer la tierra y las ideas, ¡era su tiempo mejor! Sin embargo, el gineceo(1) no estaba tan alegre y despreocupado como de costumbre; había inquietud entre las mujeres a pesar de que hilaban y tejían con aparente indiferencia. La suerte de Jantipa era incierta. Los jueces estaban a punto de terminar el juicio contra Sócrates, su marido y, de cumplirse la sentencia, él tendría que beber la cicuta o aceptar el destierro. Jantipa se lamentaba. Pero su dolor no nacía del amor, su matrimonio no había partido de su voluntad, y además, por edad él podría ser su padre, pero al cumplirse la sentencia quedaría sola con sus hijos, cargando el deshonor, el rechazo de algunos, la pobreza.

Colombia, mayo 4 de 1966. Rogelio.
Tres hombres cavan su propia tumba, así lo han decidido sus compañeros. Los tres tienen un gran y único dolor: son sus compañeros quienes han determinado su muerte. Sus compañeros no están obrando en aras de la verdad, ni del amor, ni del compromiso, pero no seremos nosotros quienes abandonemos la lucha, no mentiremos, no utilizaremos sus procedimientos, no nos salvaremos, seremos fieles a nuestra convicción, a nuestro amor, a nuestra patria. Le dejamos a nuestras familias unas cartas, nuestras boinas; ojalá nuestros cuerpos, y un mensaje para nuestros hijos: viva la revolución.

Colombia, febrero de 1981.
“Al parecer la líder afgana Zahida Mahedii, será condenada a muerte por desobediencia a Dios, traición a su patria y a su pueblo, como consecuencia de haber creado una red clandestina de mujeres en Afganistán. Según versiones no oficiales, la red se ocupaba de la alfabetización de las mujeres, pero la información suministrada por ese país afirma que las mujeres vinculadas a ella habían sido instigadas por su líder para enfrentarse a sus familias y para adoptar las degradantes conductas occidentales. Poco antes de su retención, la médica colombiana Rosario García, quien le acompañaba e igualmente colaboraba con la red, había salido de Tahar, sin que hasta la fecha se conozca su paradero. Las autoridades colombianas están tratando de obtener información al respecto, ya que se teme por su vida”. (Diario Al Día).

Atenas, al día siguiente. Sócrates.
En el salón donde se reúnen las mujeres, la luz empieza a declinar, la rueca(2) está paralizada, hoy es el último día, el juicio ha terminado, esta noche irán los amigos y las mujeres a ver a Sócrates, seguramente a ellas sólo les permitirán estar unos instantes para no dar lugar a sus expresiones de debilidad. Quizá los amigos lo convenzan de salvarse, de evadir la decisión fatal o de defenderse con mayor fuerza; la suerte estará echada. Jantipa no se resigna a que la decisión quede en manos de los dioses, del Estado, de la terquedad egoísta de su marido.

Esa es la vida de las mujeres aún si provienen de una familia como la mía, estoy atada a mi esposo, a mis hijos, a la casa y así será siempre, así seguirá aconteciendo a las mujeres de los héroes, nos quedaremos con las lágrimas y en la oscuridad, decía con un hondo lamento.
Los amigos de Sócrates se reunieron desde la madrugada en la plaza pública cerca de la cárcel para entrar tan pronto abriera, el alcaide vino donde estábamos para decirnos que esperáramos hasta que nos avisara, porque los once magistrados están en este momento mandando quitar los grillos a Sócrates y dando orden para que muera hoy. Al entrar, encontramos a Sócrates, a quien acababan de quitar los grillos, y a Jantipa, ya la conoces, que tenía uno de sus hijos en los brazos. Apenas nos vio comenzó a deshacerse en lamentaciones y a decir todo lo que las mujeres acostumbran en semejantes circunstancias. Sócrates, gritó ella, hoy es el último día en que te veremos tus hijos y yo, la última vez que nos hablarás. Pero Sócrates, dirigiendo una mirada a Critón ordenó que la llevaran a su casa. Enseguida algunos esclavos de Critón condujeron a Jantipa, que iba dando gritos y golpeándose el rostro.
Así relató Fedón a algunos que no habían asistido a la toma de la cicuta e inmediatamente pasó a los pormenores de los temas verdaderamente importantes, continuó exponiendo Hanna en su lección inaugural de Filosofía, y agregó, todos estaban muy conmovidos. De nada había valido que la noche anterior Critón le hubiera suplicado: “por esta vez, Sócrates, sigue mis consejos: sálvate”. El maestro insistió en que vivir no era otra cosa que vivir como lo reclaman la probidad y la justicia. Cuando mis hijos sean mayores, os suplico los hostiguéis, los atormentéis como yo os he atormentado a vosotros, si veis que prefieren la riqueza a la virtud y se creen algo cuando no son nada; no dejéis de sacarlos a la vergüenza si no se aplican a lo que deben aplicarse y creen ser lo que no son. Pero ya es tiempo de que nos retiremos de aquí, yo para morir, vosotros para vivir. ¿Entre vosotros y yo, quién lleva la mejor parte? Esto es lo que nadie sabe, excepto Dios.
Mientras tanto, ensombrecida por el resplandor de los fuegos sagrados, quedaría para siempre una testigo, una mujer que como otras, desde el altar de su propio sacrificio, regaría con su sangre toda la tierra y cuyos ojos permanecerían abiertos para siempre contemplando una a una a las heroínas, sus hermanas, que retornarían desde otros mundos y épocas para seguir tejiendo historias, concluyó Hanna al cierre de su Lección Inaugural.

Febrero de 1976, ocho días después.
Hanna y Rosario vuelven a encontrarse a los ocho días en la reunión del grupo de mujeres, están las de siempre; el grupo había decidido hacer un ciclo de conversaciones sobre experiencias de mujeres madres, hijas, hermanas o esposas de héroes. Por su parte Rosario finalizaba una serie de charlas sobre partería y su experiencia con comadronas de algunas regiones del país. Con este tema se despedía porque viajaba a Alemania a hacer su doctorado en medicina y quizá no volverían a verse. Bueno amigas, les presento a mi abuela Matilde, como ustedes saben, ella va a relatarnos su testimonio, que hace parte del ciclo que venimos desarrollando. Mucho gusto Matilde, estamos encantadas de conocerla, sabemos que para usted es un tema muy duro, pero es que en estos relatos también estamos las mujeres y quizá recordarlo contribuya a que haya menos historias crueles, más grandeza femenina y menos heroísmos necesarios. Hoy, Rosario culminará su serie de charlas sobre partería y nos tomaremos una copa de vino para desearle mucha felicidad en la etapa que inicia en Alemania y un excelente viaje.
A mi me mataron dos veces, comenzó diciendo Matilde, el día que se fue mi hijo y el día que la radio anunció su muerte. Dos años antes mi hijo me había dicho: “madrecita, las cosas no son así, hay que salir de la ceguera, buscar la verdad, estamos engañados, la palabra ha sido utilizada como arma letal, y las armas han acallado la palabra, hay que cambiar esa situación. Yo seguiré usando la palabra para que la vida sea, aunque me cueste la vida; ya somos muchos los que pensamos así”. Desde ese día presentí que en cualquier momento lo perdería. Yo le decía, tenga cuidado mijito, ¿si a usted le pasa algo, qué va a ser de mí? Poco a poco se fue cumpliendo lo que yo pensaba. Un día estaba tendiendo su cama y al levantar la almohada encontré un papel, me dejaba la despedida, me hablaba de su amor por mí y por la humanidad, decía que iba a estar bien y que se comunicaría. A los dos años, estando con mis otros hijos pasando unos días de descanso en un pueblito, la radio transmitió una noticia: Mi hijo había sido asesinado. “acallaron al cantor”. Ese día yo morí por segunda vez, era el 4 de mayo de 1966.
Mi hijito Rogelio siempre fue un buen estudiante, desde su bachillerato. En la universidad se destacó en su carrera, pero sabía mucho de todas las cosas, era un lector infatigable, también hizo sus pinitos en música y su vida transcurría normalmente. Adoraba a su novia pero ella, afortunada o desafortunadamente no compartió completamente sus ideales. Él, siempre estuvo en desacuerdo con la injusticia; lo mortificaba mucho, quería mucho este pueblo, pero ¿de qué sirvió? Seguimos en las mismas. Yo lo llamaba mi cantor y por eso quiero tanto la canción que dice: Si se calla el cantor… Él quería transformar la sociedad con la palabra, pero día a día lo acallaban, la verdad es que tuvo que irse porque lo tenían cercado. Al principio hasta grandes políticos lo escucharon y yo creo que hasta le llegaron a tener respeto, pero siempre ha sido así, el que dice la verdad estorba y hay que sacarlo del camino. Dicen que poco tiempo después de unirse con los que él creía sus hermanos, ellos pensaron que era demasiado blando, que la palabra era menos fuerte que las armas y que su punto de vista no tenía lugar allí. Lo mataron, no sé si en esos momentos me recordaría, no sé nada, porque ni siquiera se cumplió su voluntad de que me entregaran sus objetos personales y jamás recuperamos su cuerpo, que tal vez está en alguna montaña de este país. ¡Tantos cantores han muerto! ¡Tantas generaciones han sido sacrificadas! Pero nadie nos escucha, las mujeres nos quedamos con el dolor de haberlos perdido y de que todo siga igual. Ustedes que son jóvenes tienen que pensar en esto, en sus hijos, en su futuro y luchar porque no haya más sangre, ya se ha derramado demasiada.

Alemania, mayo de 1979. Zahida.
Estaba hermoso el final de la primavera, durante el verano se realizarían los preparativos para el viaje. Zahida había conseguido participar en la próxima misión de la Cruz Roja en Tahar, ella era una pieza clave en el equipo por su especialidad en medicina y por el conocimiento del idioma pashto, tenía unos pocos familiares que permanecían viviendo en Kabul, pero no los veía desde niña cuando su padre enviudó y viajó a Alemania con ella, que era su única hija.
Rosario la había conocido en la universidad a donde llegó a hacer su doctorado, eran compañeras de facultad, se hicieron amigas rápidamente, compartieron sus historias de vida y algunos ideales. Zahida, si bien había roto con los aspectos más radicales de su religión y con otros de su cultura, particularmente los que se referían al trato que en su país daban a las mujeres, jamás había aceptado una relación distinta a la amistad. Rosario por su parte, no podía descifrar si lo que le ataba para siempre a su amiga era su inteligencia, sus ideas, o la serena e impenetrable oscuridad de sus ojos, sus leves ojeras sugestivas de una profunda melancolía, la blancura de sus finas manos o sus labios en los que, como a su pesar, se dibujaba la placidez de la sensualidad, o la pasión que como un rayo acompañaba la expresión de sus ideas y sus decisiones. Sin embargo, Rosario jamás se hubiera atrevido a sugerirlo siquiera; la conocía bien. Pero esto no había sido obstáculo, por el contrario, ese amor extraño, animaba la empresa que emprenderían juntas el próximo verano. Zahida tenía el proyecto de construir una red clandestina de mujeres en Tahar que trabajaría por su escolarización, su salud, sus derechos. Era un proyecto secreto, así se lo relataba a Hanna en sus cartas, sólo tú conoces la intimidad de mi experiencia en Alemania, le decía.

Afganistán, 1980.
Zahida y Rosario habían logrado quedarse en Afganistán enfrentando toda suerte de dificultades, especialmente las políticas, era evidente que el país entraría en una guerra civil muy cruenta. Sé que el apoyo ruso contra el régimen talibán tampoco es la salida, todas las dominaciones me asquean porque son aplastantes de lo propio, la red tendrá más problemas, temo por las mujeres que están tan entusiasmadas y que día a día se arriesgan por la escuela y por todos los proyectos e incluso temo por ti, le confesaba Zahida a Rosario, cuando conversaban en la noche, extenuadas de cansancio pero aún entusiastas. Es cierto, respondía Rosario, e intentando dar cierta tranquilidad a su amiga, replicaba: hay muchas mujeres que desde aquí y desde otros lugares nos apoyan o hacen por su cuenta todo lo que pueden, Meena(3), Fatana la poetisa, y hasta mis amigas de Colombia están con nosotros, en fin, no estamos solas. Y por mí no te preocupes, te seguiré acompañando, tú sabes que estoy convencida de lo que estamos haciendo, creo que todo va a salir bien.
Hanna recibía las cartas que llegaban de vez en cuando con estas noticias, pero también procuraba informarse con lo poco que los medios de comunicación dejaban entrever. En cuanto a su vida personal, se había alejado del grupo de mujeres, se retiró de la universidad y estaba dedicada a la crianza de su pequeña Hanna, no sin ciertos sentimientos de culpa que la asaltaban de vez en cuando, por no tener una actividad académica, o al menos haber continuado con el grupo.

Febrero de 1981, el grupo de mujeres.
Hanna busca en una agenda a sus antiguas amigas del viejo grupo de mujeres y empieza a llamarlas para que se reúnan. Unas se han ido, otras siguen en el movimiento. Matilde, su abuela, ha muerto.
Ha convocado a la reunión a las ocho de la noche en su casa, donde esperan ella y su niña de cinco años. La ocasión es apremiante, se ha enterado por un diario que Zahida está presa y le siguen un juicio en Afganistan y que su compañera colombiana está desaparecida.
Poco a poco llegan las mujeres, Hanna empieza por contarles que decidió dedicarse exclusivamente a la crianza de su hija durante sus primeros años y que recientemente ha vuelto a la universidad. Rápidamente retoman la noticia, sólo ella y otra compañera estaban enteradas. Hanna las pone al tanto de los proyectos que Rosario venía realizando con Zahida, sus dificultades y lo que habían logrado hacer durante su permanencia en Afganistán. Recuerdan el último día que compartieron con ella en el grupo de mujeres; están muy tristes. Discutieron mucho acerca de lo que podían hacer al respecto y acordaron algunas tareas. Pusieron una fecha para encontrarse de nuevo.

Hora cero, 1º de enero de 2010. Recordando a Jantipa.
¡Qué sorpresa la llamada de Hanna para desearme el feliz año! ¿Serán las décadas o el vino lo que aviva de tal forma mi nostalgia? ¡Qué vivos tengo esos recuerdos! Las reuniones del grupo de mujeres… a veces me daba pereza ir porque llegaba cansada de estudiar y trabajar, generalmente con lluvia y con frio, ¡pero valió la pena! Se transformó mi vida, hoy comprendo mucho más la importancia de lo que compartimos en ese grupo. Recuerdo especialmente el ciclo de charlas que iniciamos a partir de su Lección Inaugural de Filosofía. Desde entonces, cuántas cosas han pasado: la desaparición de Rosario y la sentencia de Zahida, la pena moral de Matilde por la muerte de su hijo, la opción de Hanna por la maternidad.
Por esa época un tema fuerte eran los hombres que revoloteaban a nuestro alrededor, pero también los grandes hombres de la historia. Era cierto, los admirábamos pero nadie sabía algo más allá de sus hazañas. Yo me preguntaba por qué los grandes hombres habían logrado serlo. Pintores, músicos, cineastas, escritores, políticos, pero sobre todo filósofos. Ellas se reían cuando yo decía de los filósofos: ¡qué tipos tan vagos! Yo creo que si hubieran dedicado su vida a buscarse arenitas en el ombligo, siempre lo hubieran logrado, y les contaba que cada vez que intentaba aproximarme a la grandeza de alguno de ellos, como Sócrates, me sorprendía, ¿cómo llegó este tipo a esto o aquello? En eso andaba cuando escuché la charla de Hanna sobre Jantipa. Me iluminó, fue como si me corrieran un velo. ¡Claro!, alguien debió estar al lado de ese gran hombre surtiendo alimento, abrigo, cura para la enfermedad, organizando la casa, dispensando cariño y cuido. De otro modo no hubiera sido posible, era mi conclusión, pero hoy ¡sí que lo comprendo! A los 22 años casi nada parece trascendental, todo era más bien divertido, distribuía mi tiempo entre las actividades del grupo y mis estudios demográficos… hasta cruzaba mis preguntas en uno y otro lado; recuerdo que cuando visitaba asentamientos de población en lugares remotos, para mí era todo un misterio entender por qué carajos alguien escogería un sitio tan perdido para detener allí su marcha, llevando una mujer de compañía, un perro, y a lo sumo unos pocos enseres. Entonces, mis amigas (no los profesores de demografía) me respondían que eso de buscarse un mundo como se quiere y no como está hecho, significa pasar por todas esas cosas. Y es cierto, la experiencia me ha enseñado que internarse en la manigua o en la soledad de una montaña, es tanto como ir a la saga de una verdad o un ideal. Será por eso que yo he vivido como he querido, siempre con la certeza de que eso es cierto y es válido, esta llamada me lo ha vuelto a recordar…
Pero no más nostalgia, qué carajo, hoy inicia un nuevo año como tantos otros, midiéndomele a lo más verraco: vivir.
La vida es bonita aún con sus tristezas.
¡SALUD, HERMANA JANTIPA!

Marzo de 1981. Hanna.
La profesora Hanna dicta su primera clase de retorno a la facultad. No sabe cómo, pues no se lo propuso, en su discurrir sobre los antiguos griegos y casi de golpe, Jantipa, y el viejo Sócrates hacen presencia junto a Rogelio, Matilde, Zahida, y Rosario. Al terminar, las muchachas y los muchachos se acercan para hacerle preguntas y comentarios, entre ellos, uno le propone dictar una conferencia en su grupo de nuevas masculinidades; ella promete hacerlo.
Cansada y con sentimientos confusos, regresa a su casa, besa a la pequeña Hanna, juega con ella hasta que ve claramente el sueño en sus pestañas. Entonces, la carga para llevarla a la cama y le dice entre besos y risas, pero con decisión: mi chiquita, no volveré a contar historias de superhéroes, de ahora en adelante nos vamos a dedicar a inventar cuentos.

Notas:
(1) Espacio de encuentro de las mujeres griegas en la antigüedad. N. de la A.
(2) Máquina antigua de hilar. N. de la A.
(3) En una edición especial del 13 de noviembre de 2006, la revista Time Magazine, incluyó a Meena entre los “60 Héroes Asiáticos” y declaró: “A pesar de haber tenido sólo 30 años al morir, Meena ya había sembrado la semilla de un movimiento por los derechos de la mujer afgana, basado en el poder del conocimiento”. RAWA dice sobre ella: “Meena dio 12 años de su corta pero brillante vida para luchar por su tierra y su gente. Tenía la certeza de que pese a la oscuridad del analfabetismo, la ignorancia del fundamentalismo, la corrupción y la decadencia de traidores impuestos en nuestras mujeres bajo el nombre de libertad e igualdad, finalmente esa mitad de la población despertará y cruzará el camino hacia la libertad, democracia y derechos de la mujer. El enemigo tenía razón al temblar de miedo ante el amo.
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Sobre la autora:
Idaly Monroy. Nació en Bogotá en una familia constituida por sus padres y cuatro hermanas. Es madre de dos hijos y una hija, con quienes comparte su amor por las letras y otras artes. Estudió Trabajo Social de la Universidad Nacional de Colombia, y Sociología en París. Ha incursionado en otras disciplinas en el campo de las humanidades y recientemente en la literatura, aunque su pasión por la lectura la ha acompañado desde muy temprana edad. En razón de su profesión ha vivido en diferentes regiones de Colombia, con poblaciones urbanas y rurales generalmente signadas por la vulnerabilidad y los conflictos sociales, que de alguna manera han aquejado siempre a la humanidad, como se refleja en su relato. Participa en el Club de Literatura de la Fundación Gilberto Alzate Avendaño desde 2010. El cuento aquí publicado hace parte de la antología "Cuaderno 2011", proyecto ganador de una de las Becas a la Edición de Antologías de Talleres Literarios del Ministerio de Cultura de Colombia (2011).

sábado, 14 de enero de 2012

Tus manos entre las mías (por Jimena Sandoval)

La dicha no cabía en mi pecho, que parecía estallar al tenerte por fin tan cerca. El contacto de mis manos con tus manos —sí, tus blancas, largas y perfectas manos—, hacía que todo lo demás pareciera borroso, incluso mi propio ser parecía ausente ante tan hermosa situación. Es extraño, pero recuerdo cuando te vi en clase del seminario optativo por primera vez: tus manos hacían juego con las palabras que te hacían ver tan imponente, atractivo, y tu… tu…parecías no verme… o…
Increíble, ¡mis manos!, entre las tuyas… Ya no siento nada. A la anestesia, producida por el dolor y la inercia que inmovilizaron mi cuerpo, se sumaron unas pocas lágrimas. Mi voz ya fue ahogada. Me desvanezco. Te miro, mujer, y aún no puedo creerlo.
El día que conocí a Ximena, en mi oficina de Bienestar Universitario, me dijo: Me atormenta un gran secreto que en ocasiones no me deja dormir, pero luego se mostró esquiva y evadió el tema durante la sesión. Prefirió hablar del rendimiento y desempeño académico, resaltando que su promedio era muy bueno. Con orgullo hizo hincapié en su beca y en las clases adicionales a su currículo, enfatizando en el seminario optativo de administración que tomaba en otra facultad. Finalmente me habló de un joven que también estaba en ese curso, un joven que parecía interesarle mucho.
Pasaron varios días antes de que me distinguieras en el grupo. Cuando te sentaste a mi lado en aquella semana de marzo, sonreíste y me pediste permiso para ocupar el puesto, te pregunté sobre el texto de Chiavenato, la verdad no tuve tiempo de leerlo, dijiste, y de nuevo me ignoraste. Con tus manos perfectas tomaste el libro y en silencio trataste de leerlo rápidamente. Ese día no llegaron tus amigos así que trabajaste conmigo en clase. Obtuvimos la mejor nota, fui tan feliz, por fin empezaba a olvidar.
Yo solo soñaba con graduarme, tener una que otra noviecita, nada de importancia. La verdad no se cómo ni por qué estoy aquí, ni qué hice para merecer esto. Necesitaba buenas notas y eras muy estudiosa, me gustaba trabajar contigo, pero no más…
Cierto día en la cafetería me encontraba hablando con otra estudiante que al ver pasar a Ximena, dijo: uy, ella si esta loca, profe, y al preguntar por el comentario me contestó: esa demente hace una semana cogió a golpes en el baño a una vieja de la facultad de administración y la volvió mierda, le rompió los dientes con el lavamanos; la vieja era chusca, lástima. En ese momento recordé la última sesión que tuve con Ximena. Parecía padecer una fijación obsesiva enfocada en el joven que tanto mencionaba, Felipe. Por otro lado, observé signos de auto agresión en sus muñecas, descubiertas accidentalmente al realizar un movimiento natural con sus manos. La verdad no imaginé que agrediera a la joven, a quien ella veía como una amenaza por la reciente cercanía de Felipe.
Él también me abandonó como tú, Felipe, me dijo Ximena, al ver en mi rostro el principio de la inconsciencia, y esto es lo único que me queda de él, concluyó, mostrándome un frasco de vidrio lleno de un líquido traslúcido en el que flotaban unas manos. Me cuesta respirar, el olor a sangre me asfixia y me siento tan liviano como el viento. Todo parece oscurecer.
Conseguí el número telefónico de Felipe con la intención de indagar por la joven golpeada, un sentimiento de angustia me embargó de repente, y se agudizó al hablar con la madre del joven. Ella me confesó llorando que su hijo no había llegado en la noche a casa, por lo que puso el denuncio en la policía. Casi no podía esperar a colgar para marcar el número de Ximena. No contestó, así que busqué en mi archivo, tomé la dirección y salí hacia su apartamento.
Ante la insistencia de los golpes en la puerta grité: ¡No me jodan! Solo quiero estar en la paz del silencio que ahora es Felipe. Mi Felipe, solo quiero seguir acariciando tus manos.
Con la ayuda del portero derribamos la puerta del apartamento. La expresión de horror no se hizo esperar en nuestros rostros: en la sala encontramos el cuerpo del joven, tendido en el piso. Sus muñecas aún manaban sangre. Ximena, estudiante de química farmacéutica, sostenía las manos amputadas de Felipe. La escabrosa escena la completaba un frasco de vidrio que contenía unas manos diferentes a las del joven, exánime junto a ella.

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Sobre la autora:
Jimena Sandoval Herrera. Bogotana de 30 años, Trabajadora Social, participa desde 2009 en el Club de Literatura de la Fundación Gilberto Alzate Avendaño, encontrando en este espacio y en la literatura la mejor forma de entender, crear y dibujar las realidades. El cuento aquí publicado hace parte de la antología "Cuaderno 2011", proyecto ganador de una de las Becas a la Edición de Antologías de Talleres Literarios del Ministerio de Cultura de Colombia (2011).

viernes, 13 de enero de 2012

La tristeza y el entusiasmo bailan un vals (por Carol J. Ángel)

A veces, en los días de domingo como hoy, no sé cómo sentirme ni cómo pensarme desde que llegué aquí, a esta tu ciudad que no es la mía. Lo siento si te hice sentir un poco abrumado e incómodo con la insistencia de tu compañía. Y te pido perdón por salir a la ventana a gritar tu nombre, es que finalmente encontré la agenda que tanto buscabas, la que te demoró 10 minutos más en casa y que te puso de mal humor al saberla pérdida, ya que tenías que estar afuera para comenzar tu día muy lejos de mi lado, muy lejos de casa. Grité tu nombre por la ventana, vi que estabas tirando la basura antes de subirte al auto. No me escuchaste. Yo estaba muy lejos o tal vez tú ya hace años que estabas lejano y no me había dado cuenta. Fue el momento clásico de una tragicomedia. Grité desesperada por la ventana, gritaba y gritaba tu nombre. Por un instante olvidé el invento de los celulares. Vi cómo te subías al automóvil, cómo encendías el motor, cómo le salía humo negro desde el exosto y cómo mirabas a nuestra ventana desde tu espejo retrovisor, como si jamás quisieras volver de nuevo, como si tu peor pesadilla hubiera bajado de ese avión apenas hace un par de meses. Apretaste el acelerador tan rápido que no alcancé a tapar mi nariz y me trague una bocanada de veneno, del gran vapor de humo negro lanzado por el carro. Me separé de la ventana y miré hacia nuestra casa, hacia nuestra mesa de comedor y, con mi cara larga de domingo de siete y treinta de la mañana, decidí inventarme mi propia historia.

Ahora, aquí en frente de la pantalla del computador, te escribo contándote lo que no puedo decirte cuando estamos cerca. La Tristeza que llevo en mi alma, no se ha ido del todo, a veces sale a pasear por ahí, y ni siquiera me dice a dónde se va. Se va largo rato y regresa y cuando regresa, espero que venga con flores y dulces y uno que otro pecadito, pero no. Ella viene a curiosear si aún hay lugar para que regrese El Entusiasmo a mi vida, ese a quien mi Tristeza tanto ama y admira.
Cuando ella llega, se encuentra con que está vacío el lugar del Entusiasmo, se da cuenta porque la puerta está abierta, no hay nadie adentro, se ha ido. Ella sospecha dónde está. Sabe que él se quedó deslumbrado cuando conoció unas tierras muy lejanas. Un día hace muchos meses, Entusiasmo comenzó a soñar y a planear y a hablar de ese lugar sin parar, tal como cuando su amigo Nadir se fue de viaje. Él lo hizo a un lugar llamado Portugal hace cinco años (eran horas y horas hablando y hablando), en lugar de un mes se quedó ocho meses. Su esposa lo odió por eso y el año pasado se divorciaron. Es que después de regresar de Portugal, Nadir no pudo más con la vida que llevaba, de empleado público, sábado de supermercado y domingos de periódico, así que decidió crear una academia de arte en el centro de nuestra ciudad natal, de la que parece tú ya te olvidaste. Allí conoció a una de sus estudiantes y fue tanta su necesidad de vida nueva que se enamoraron. Así es la vida, ¿no? Pobrecita la esposa, ella aún está enamorada de él, tienen tres hijas, pero a él no le importó. El prefirió el amor, la vida de aventura y energía, a la vida de guión y de obligación. Pienso que, como todos los artistas, Nadir no es más que un hambriento de hambre, bebedor de vida que se cansó de la vida en Modo-Susanita-de-Quino. Algo así es Entusiasmo, mastica la vida y luego de un rato camina en el aire jactándose de su buena suerte y su buena fortuna. Me parece que Entusiasmo es un chico oportunista, decidido y muy talentoso, y que mi amiga La Tristeza lo necesita en un día como hoy, cuando una bocanada de veneno me recuerda el gran error de haberme subido a ese avión. ¡Ah!, te estaba hablando de mi Tristeza, y entonces ella está de visita cada domingo, es su rutina. Viene, me pregunta si ya regresó su amigo, Entusiasmo, y yo sólo le digo que entre y lo busque porque no sé si ya llegó o, al menos, si ha pasado por aquí.

Hoy, después de que te fuiste, vino ella y se quedó en la puerta de entrada por largo rato. Pienso que esperando a que algo pasara o a que él estuviera ahí vestido de fiesta, listo para invitarla a pasear. Es que ella recuerda sus paseos con él. Hace tres semanas lo esperó toda la tarde, entonces como yo no tenía nada más que hacer y quería saber del chisme, le dije que me contara qué era lo qué hacían, por qué lo amaba tanto o, al menos, por qué creía que lo necesitaba tanto; y ahí te va lo que me dijo:
Cuando mi amiga Tristeza se encuentra con su amigo Entusiasmo, él la invita a contar las nubes y a inventarse formas que ella luego guarda en una cajita de cartón llamada "Días Caramelos" y la usa sólo en caso de emergencia. Me contó que cuando se encuentra con alguien abatido, descorazonado o deprimido ella saca una nube, por ejemplo una más algodonada que otra de color Brown o Yellow –depende del abatimiento del abatido– y se la regala para que él se la coma. Sólo hay que esperar algunos segundos y del estómago comienzan a crecerle flores con huevos de mariposa. Al principio el abatido siente náuseas y no puede vomitar, le da fiebre, siente que se va a morir; pero catorce minutos después, abre su boca y su nariz lo más amplio que puede para tomar aire, pues siente que se ahoga, y cuando exhala, después de esa profunda respiración, le salen mariposas de colores por la boca. ¿Te imaginas lo que ella hace? Me asustó un poco, no sé qué sensación será; aunque te digo, tengo un poco de curiosidad.
Luego de contar nubes, Entusiasmo hipnotiza mi Tristeza y la convierte en la mujer más bella del mundo, adorna su cuello con un collar de estrellas rojas, las más antiguas del universo, pues las amarillas son las hijas de las rojas y no sé si sabes que también hay enanas blancas. Las estrellas amarillas y las enanas blancas, que son las bebés, se las coloca en forma de corona sobre su cabello negro. Negro azabache diría yo, es el negro más hermoso que mis ojos han visto alguna vez. Luego cierran los ojos y, un par de parpadeos después, está ella desfilando por las pasarelas de París y Milán, recibiendo aplausos e invitaciones a fiestas. Ella se ríe un poco y, muy coqueta, mira de reojo a su Entusiasmo esbozando una pequeña mueca de complicidad. De París viajan en tren hasta llegar a Venecia para el baile de máscaras, imperdible y muy famoso en la región. Luego de una noche de chispeantes estrellas, le invita de la mano a tomar Martinis bien fríos en Isla de Capri, en fin, una suerte de vida que ya comienzo a entender porque lo extraña tanto. Mientras me contaba en detalle de sus paseos, sacaba de un baúl, que tenía escondido no sé donde, varios cuadernillos con fotos, recortes, folletos, papelitos de caramelos y boletos de los tiquetes de cada lugar. Además, me ha mostrado cada vestido que ha usado; no puedes imaginarlos, son de lo más estrafalario que haya podido ver antes, pero luce hermosa, parece una Diosa; de hecho, si ella no me dice que es ella y viera esto en alguna revista Marie-Claire, diría que es una de las modelos de Keinzo. Luego del paseo, la baña de besos y abrazos. Un día Entusiasmo la maquilló con algas nativas del Amazonas. Ella no podía describir la sensación de las algas en su rostro, no paraba de reír casi que ni podía entenderle, tuve que ofrecerle agua hasta que un poco más calmada me dijo qué pasaba:
–Estábamos en una fiesta en SOHO –dijo sin parar de reír–. Y conocí la música más radiante que haya podido bailar en una pista de gelatina –mirando hacia el techo–. Fue un día, casi que perfecto –(es que a ella no le gustan los días perfectos, ella dice que un día perfecto es el último día de tu vida)–. A la madrugada nos pusimos a armar un rompecabezas en una playa azul –y su cara cambió a color azul. Un poco mareados, me resbalé y una de las fichitas cayó al agua hasta confundirse con la espuma del mar –(mientras decía esto yo no podía dejar de sentir unas punzadas en mi barriguita. Llegué a preguntarme si me había comido una de sus nubes sin querer. En esas, aquí casi que no se le entendía, soltaba tantas risas y carcajadas que pensé se ahogaría antes de terminar su cuento)– y quedé atrapada en una conchita de caracol plateada –y cada vez reía más alto– que estaba vacía desde hacía unos meses y, como era una ficha de goma que en su frente tenía pintado un ojo de cangrejo, ja, ja, ja, la conchita de caracol que era pareja de esta conchita, ya sin caracol, ja, ja, ja, de seguro pensó que era su novio de la juventud que accidentalmente había perdido un ojo en una de sus tantas apuestas en el black-jack, ja, ja, ja, emprendió un jaleo con la conchita de ficha, de la cosa más ritualista, que no podíamos dejar de mirar –y se quedó en silencio mirando hacia un rincón de la habitación.
Luego de un rato, que la vi como congelada, estática, decidí darle un sacudón para que terminara de contarme la historia y me dijo que cuando mi Tristeza y su amigo Entusiasmo se dieron cuenta, dieron unos pasitos hacia atrás abandonando la orilla y sin dejar de mirar esa escena pintoresca que aparecía ante sus ojos. Pensaron al unísono: ¡qué relación tan extraña! Fue maravilloso.
Esas son algunas de las pocas cosas que me ha contado mi Tristeza de lo que hace cuando está con su Entusiasmo. Hoy al final de la tarde cuando le pregunté por más, se sonrojó y decidió marcharse para regresar otro día. Siempre viene los domingos, le gustan esos días porque dice que el universo respira otra fragancia (puede que sí, puede que no) y que la luna, no importa en qué estación se encuentre, siempre se le aparece redonda, brillante y alcanzable.
Hoy está aquí, como todos los domingos y me dijo que te contara esto, no sé con qué motivo pero sí me dijo por que razón y es que se siente triste. Cuando llegó, le dije que entrara y que fuera a mirar si Entusiasmo estaba dormido en su habitación, ella abrió la puerta de su habitación y se encontró con que él no había regresado aún. Entró con pasitos silenciosos, como para no hacer tanto ruido, y se puso a caminar de un lado para el otro murmurando una canción. Se subió a su cama y se tiro encima de sus almohadas y movía su cuerpo como si tuviera un ataque de epilepsia (me pareció que estaba recordando o haciendo algún “Ritual del Regreso”, es que es como loca, un poco). Luego de diez minutos de verla hacer eso, se detuvo en seco, abrió sus ojos, se dio media vuelta hacia el lado derecho de la cama que está muy cerquita de la pared, estiró su brazo y lo único que encontró fue una postal un poco sucia y empolvada citada desde hace unas fechas caducas, que decía “Mi amada y querida Tristeza, te estoy esperando ansiosamente. Sé que sabes dónde encontrarme. Vístete con nuestro traje de Keinzo. Cómprate un tiquete y regrésate pronto. El festival comienza el próximo sábado. Daremos el primer baile, nuestro Vals, el de siempre… Come Fly with Me de Frank Sinatra. Estaba seguro de que conmigo volverías. Att: Tu Entusiasmo”. Me parece que todavía puede estar esperándola y ella de seguro sabe en dónde es. ¿Qué crees tú que pueda decirle a mi tristeza para cuando tú vuelvas de tu día de trabajo?

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Sobre el autor:
Carol J. Angel. Estudiante de Doctorado en Psicología en la Universidad de Palermo, Buenos Aires, Argentina. Ha publicado poesía en distintos espacios virtuales y distintos artículos, ponencias y textos académicos en distintos congresos (XII Congreso Metropolitano de Psicología Buenos Aires; IX Congreso Internacional de Prevención de Riesgos Laborales, Santiago de Chile, entre otros). Hizo parte del Taller de Creación de Cuento en Luziernaga Café Libro en 2010. El cuento aquí publicado hace parte de la antología "Los Iletrados", proyecto ganador de una de las Becas a la Edición de Antologías de Talleres Literarios del Ministerio de Cultura de Colombia (2011).