jueves, 15 de diciembre de 2011

Un recuerdo caleño me atormenta (por Santiago Iregui)

I
Esta noche quiero callarte. Deseo sinceramente coserte la boca con una aguja de coser costales. Lo he pensado varias veces, ya te lo he dicho. Te lo dije de madrugada esa última noche que toqué a tu puerta. Veo que las notas que he dejado en tu casillero han sido ignoradas, pero no me importa. Deseo callarte. Coserte seis veces el labio de abajo y cuatro el de arriba.

Veo que esta noche también trajiste a tu amigo, aquél del acento forzado. No lo tolero. Oigo que la pasas muy bien con él, te pasas de tragos y al día siguiente preguntas por qué eres tan miserable. Tu amigo lleva su acento a límites intolerables. Lo quiero coser a él también. Seis veces arriba y cuatro abajo. Oigo todo lo que dices, todo lo que bebes. Oigo lo poco que te importo, sé que me ignoras, pero yo persisto.

Anoche soñé que construía una máquina que acabaría con mi sufrimiento, acabaría con tu historia y tus intromisiones. No te quiero más en mi casa, no te quiero más en mi cama, estoy harto de tu voz y del acento forzado de tu amigo.

Entonces, tal vez entonces, construya aquella máquina con la que soñé y pueda desde acá silenciarte de una vez, para que me dejes dormir, vecino hijo de puta.


II
Anoche llegaste borracho, oí tu llavero abultado dando tumbos contra la chapa como un cencerro en retirada en medio de una pradera lluviosa. Pensé ayudarte después de oír tu frente contra la puerta y el suspiro frustrado, pero recordé los malos momentos y me embriagué en el rencor caliente de mis cobijas.

Deberías quitar el jarrón de barro de la entrada, no tiene sentido que cada vez que entras borracho lo patees y debas pegarlo pieza por pieza al día siguiente, esperando que tu mamá no lo note. Eres un borracho de mal gusto, siempre quieres más, te lo dije aquella mañana de la cual tú ya no te acuerdas. Me miraste con los ojos entrecerrados, tambaleándote, pidiéndole silencio desde la puerta al del acento y al gordo, jodido gordo.

Anoche, en medio de los destrozos del jarrón oí que buscabas la caja de aguardiente que creíste haber dejado la última vez, pero no te diste cuenta de que tu amigo, el del acento, había salido colgado de ella dando tumbos y hablando sinsentido, un sinsentido con acento.

Al menos hoy estás solo y tenemos un momento para los dos, tú sumergido en tu vómito y yo en el perverso placer que me genera tu sufrimiento. Sonrío. Te hablo desde la tibieza de mi cama y miro a la oscuridad visualizando tu agonía.

¿Quién timbra?, no abras. Tienes sueño, recuerda el jarrón y tu clase de mañana, recuerda la promesa de la última vez, no la incumplas, no me seas infiel.

Espera ahí tendido, no te levantes, les diré que saliste o que nunca entraste. Les diré que viniste y saliste con prisa, que llevabas una maleta de tres días o un muerto pequeño. Ellos reirán borrachos y se irán, y, así, podremos dormir finalmente tú y yo. No abras. El sueño me detiene. Tal vez mi pijama ridícula no le guste a tus amigos. No podré salir, no lo hagas tú, prometo que si no lo haces no dejaré más notas en tu casillero, ni ridiculizaré tu música nunca más. Sabes que disfruto a Vicente Fernández tanto como tú. Solo si lo pusieras un poco más bajo, lo cantaríamos juntos, podríamos inclusive poner aquella que tanto te gusta y silvas con tanta gracia y acompañas con las llaves o el tenedor, ¿es eso un tenedor? Qué gracia y buen ritmo llevas en cada silbido, no importa que no sepas la letra completa, para qué saber las letras completas, tú lo sabes mejor que yo.

No te levantes, mira que ya se van, ellos también deben dormir, al fin y al cabo el del acento es un buen chico, solo un poco falto de identidad, pero qué más da de dónde se es; qué más da en este mundo globalizado. Lo abrazaría a él también, tan pequeño como lo imagino, tan único como puede ser. Pero hoy no, lo abrazaremos mañana. Qué tal después de tu parcial de inglés. Juro que no me burlaré nunca más de tu deficiente pronunciación. Para qué el inglés, lo has dicho tú, y te doy la razón, para qué, si estas letras tan sentidas que nos unen se escriben en español. Piensa en mí.

Por qué abriste, desgraciado. Por qué revives de las profundidades de la inconciencia para atormentarme como un recuerdo freudiano. Eres la niña fea que quería casarse conmigo, eres el pequeñajo de primaria que me quitaba los zapatos, eres un sueño de lobos, eres una fijación reprimida, eres un borracho de siete vidas.

III – Recuerdo de Led Zeppelin debajo de mis cobijas
Hoy te noto triste. ¿Qué pasa? Te oigo suspirar detrás de la puerta del baño, con la luz encendida y el agua corriendo para ocultar tu llanto. Dime qué tienes. No te ocultes, te conozco bien, te conozco de varias noches. Acaso fue esa chica, la del perro, la que te hizo daño.

Llevo tres semanas durmiendo en silencio, te extraño. Algunas noches me despierto a la madrugada en medio de un silencio tangible y oscuro. Es frío tu silencio, triste como tu ausencia. A dónde fueron tus amigos, a dónde fue el del acento; por qué él también silenció su hablar atorado. La última vez reí un poco con él, dijo algo gracioso, lo recuerdo; todos reímos y yo no dormí oyendo tus historias de la época de la violencia en Cali. No sabía que ya no había violencia, no salgo mucho, sabes.

Pensé alguna noche que tal vez algún día tú, el del acento y yo iríamos a Cali, y pasearíamos por la quinta, como tú la recuerdas cuando bebes, y tomaríamos champús y hablaríamos todos con acento. Tal vez el del acento le podría dar unos retoques a su acento y en unos días podríamos llamarlo por su nombre.

A dónde fue tu risa, a dónde fueron tus demostraciones de afecto eufóricas y prolongadas, tus já secos. Por qué ya no ríes con los videos caseros de animales. ¿Recuerdas el loro que atacó al perro y el perro que solo corría y miraba atrás con la cola entre las patas, y la cámara que daba tumbos? Era gracioso, y tú sólo reías y querías verlo de nuevo, y yo no entendía por qué. Yo sólo quería leer, y no entendí que tú sólo querías reír y el perro que sólo corría y el loro que lo mordía, y la cámara...

Lamento cuestionar tu humor, soy insensible y frío, soy cruel. Soy todo eso y todo lo que pensé de ti. El problema soy yo, no eres tú. Dame una oportunidad, una noche más de tragos, una noche más de drama, haz que llueva, rain down, come on, rain down on me. Anímate, revive y no me dejes dormir, que mañana me pregunten por qué la cara, por qué las ojeras, y que yo con una sonrisa pueda pensar en ti, y decirle a todos que estás de vuelta, que sólo fue una falsa alarma, que no tendré que mudarme.

Ayer pensé pasar un momento a saludarte, llevar una cerveza o dos, pero no sé si estés de humor. No sabría cómo empezar. Tal vez ya no te guste hablar de fútbol, ni de dinero, tal vez ahora leas a Dostoievski y prefieras el té verde sin azúcar, ¡oh!, dulce tortura, a dónde te has ido sin decírmelo.

...

Sobre el autor:
Santiago Iregui, escritor de diarios de almohada y de cartas nunca enviadas, de cortitos cuentos y cortitas crónicas. Diseñador industrial. Fundador del Colectivo Artístico EL RATO. Hizo parte del Taller de Creación de Cuento y del Taller de Creación de Personajes en Luziérnaga Café Libro en 2010. El cuento aquí publicado hace parte de la antología "Los Iletrados", proyecto ganador de una de las Becas a la Edición de Antologías de Talleres Literarios del Ministerio de Cultura de Colombia (2011).

2 comentarios:

Alev dijo...

Muy bueno, gran narrativa. Original y fácil de leer. Me encantó.

Anónimo dijo...

Muy bueno, la lectura de este cuento me deleito mucho.