domingo, 22 de enero de 2012

Pasos en falso (por Jairo Andrade)

El rastro de la anestesia alojada en mis maxilares produce cada tanto súbitos cortocircuitos que se extienden por mi columna hasta llegar a las piernas. Allí el hormigueo es tal, que me parece tener muslos y pantorrillas burbujeantes, caminar por las calles de Tokio provista de plácidas piernas líquidas, piernas de champaña. Resulta curioso que un simple tratamiento odontológico de conductos, con las incomodidades que implica, pueda convertir un paseo por las calles de Tokio en una experiencia tan placentera. Pero además, el clima pareciera también estar a mi favor. El sol le presta un tono límpido al aire cálido. La superficie de una mesa, el vestíbulo de un rascacielos, una copa de sake, los ágiles caracteres de los avisos, todo parece pulido en secreto por este aire confabulado. Es así como el hormigueo de mis piernas me lleva ahora al Jardín Nacional Shinjuku, uno de mis lugares favoritos en Tokio.
Me asalta una duda, sin embargo. Estoy segura de haberme visto a mí misma sentada unas sillas adelante, en el mismo vagón del metro, revisando un mensaje de texto. Al principio pensé en la coincidencia de un extraordinario parecido, de modo que me acerqué discretamente para observar mejor a mi doble. Fue entonces cuando sonó su teléfono y empezó a conversar con alguien. Su voz era también la mía, susurraba algo en un español casi neutro, de leve acento bogotano, en contraste con las parcas conversaciones en japonés del vagón. Revisó su agenda, la mía. Sonrió mientras consultaba una fecha, era mi sonrisa. La excesiva simetría me resultó insoportable, quería descender de inmediato. Por fortuna, ya estaba en la estación Shinjuku. Así que la pregunta es, ¿por qué me vi a mí misma seguir de largo en ese tren cuando ya había descendido?
Por lo pronto mi intención es disfrutar el paseo por los estanques de nenúfares, los jardines de azaleas y de arces, el colorido arboreto. Luego reservar un buen lugar para el tradicional picnic a los pies de las flores efímeras de los cerezos, que marca el principio de la primavera. Hoy es el día que con previsión señala la Agencia Meteorológica, el día en que los tokiotas acuden a los jardines para celebrar el Hanami, la contemplación de las lluvias multicolores de las flores de cerezo. Hoy los capullos estallarán en una sinfonía de matices malva, violeta, fucsia, y el viento hará volar los pétalos hacia destinos imprecisos. Adolfo y yo tomaremos pan negro y sake, quizá unos trozos de anguila. Luego llegará la noche y nos iremos de fiesta. Suena mi teléfono. Es él. Su reunión ha terminado, ya viene a encontrarse conmigo. Me pregunta cómo estuvo la cita odontológica, le confío que ahora mis piernas se portan como dos copas de champaña. Se ríe, algo comenta respecto al clima. Pero sus palabras se desdibujan en un ruido de turbinas. La comunicación empieza a fallar y finalmente se corta.
Mientras cruzo el puente sobre los nenúfares, de nuevo me percato de alguien que parece seguirme desde hace un rato. Se trata de un hombre de pulcro traje negro, japonés, que usa un anacrónico bastón con mango de plata. Se detiene a mitad del puente, me mira. Me devuelvo hasta apoyarme en la baranda del puente, a su lado.
—Tengo la impresión de que me está usted siguiendo, señor —le digo, en inglés.
El sujeto suspira, conclusivo.
—Si usted lo ve así no tengo porqué contradecirla, señorita —me responde, en español—. Después de todo hoy es Hanami, día de contemplación de las flores que se lleva el viento. Aunque, es una lástima la lluvia que se avecina. Le arruinará los planes a muchos el día de hoy.
Miro el cielo despejado, de un azul traslúcido. Apenas se divisan unos inofensivos cirros hacia el occidente.
—Me parece que la única lluvia posible hoy será de flores. Es una bendición que no trabaje usted en la Agencia Meteorológica.
—Las apariencias engañan, señorita. Piense usted en esto: cuando la lluvia se seca, se forman las nubes. Un cielo muy despejado es la perfecta fábrica de nubes. Imagine usted la intensa sequedad de la lluvia que contiene.
—En ese caso, señor, es posible que incluso en este momento ya esté lloviendo, con una sequedad razonable.
—De una nube se puede esperar casi cualquier cosa. Se estima, por ejemplo, que un nubarrón puede contener unas 550 toneladas de agua. Eso no significa mucho si no lo transportamos a unidades reales. Pensemos en elefantes. Un elefante pesa alrededor de 6 toneladas, así que un nubarrón puede pesar lo mismo que 100 elefantes. Todos suspendidos en el aire.
—Al paso de su lógica, en una estupenda tarde de verano podríamos simplemente evaporarnos, teniendo en cuenta que nuestros cuerpos contienen un 75% de agua.
—Así es, señorita. Sigue usted mis pasos con precisión asombrosa, pese a que mis pies son, por decirlo de alguna manera, vaporosos.
—Ahora tendrá que disculparme, señor, me dispongo a reservar un buen sitio para compartir el Hanami de esta tarde con mi novio. Como ve, ya hay mucha gente indiferente al mal clima reinante, eligiendo los mejores lugares del parque. Ha sido un placer. Espero que disfrute su tarde de elefantes invisibles.
Él hace una venia, toma mi mano y la besa con absoluta cortesía. Mis pasos burbujeantes me llevan a un recodo del camino donde el pasto, de un verde encendido, enmarca el ramaje inclinado de los cerezos florecidos. Extiendo una pañoleta blanca bajo el follaje y marco el número de Adolfo. No contesta. Debe estar luchando contra el tráfico por encontrar la mejor ruta a Shinjuku. Mientras espero que devuelva mi llamada, me tiendo sobre la pañoleta para disfrutar el contraste de los capullos contra el cielo. Mis piernas burbujean más que nunca, cruzo los tobillos. Cierro los ojos y las burbujas ascienden por mi pelvis y mi torso hasta alojarse en la cabeza. Entonces estoy en Bogotá, metida en el jacuzzi con Adolfo.
—¿Te sientes bien? —me pregunta.
—Todavía tengo una pequeña molestia en el maxilar, pero no te preocupes, ya se me pasará. Sé un buen payaso. Hazme reír un poco.
—¿No es un tanto masoquista querer reírse cuando a uno le duele la boca? Mejor te doy un masaje de hombros. Ven aquí. Cierra los ojos, relájate…
Abro los ojos. Una joven japonesa me observa de pie, al borde del camino. Viste el uniforme escolar típico, de blusa, corbata y minifalda. Sobresaltada, me incorporo.
—Hola —le digo, en inglés.
—Hola —me responde, en español.
—¿Puedo ayudarte en algo?
—No. Creo que es al contrario. Yo puedo ayudarte en algo.
Le sonrío. No sé a qué se refiere. Noto profusas cicatrices de cortes en sus antebrazos.
—Me parece que necesitas una guía —concluye la joven.
—Tan bella. Te lo agradezco, pero ya sé cómo moverme por las rutas que necesito en Tokio. De hecho, estoy esperando a mi novio para celebrar el Hanami. ¿Quieres sentarte un momento?
Se acomoda a mi lado. Su hermosa mirada es un muro tras el que duerme una remota tristeza. Sus ojos son densas nubes de sequedad infinita sobre un cielo despejado.
—Lamento decirte esto, pero no estás en Tokio. Estás en Kioto, en el Parque Imperial de Kioto —me dice después de una pausa; su mirada oscura fija en mis ojos.
Le sonrío. Miro alrededor con una mezcla de temor y tristeza. Veo un sendero de guijarros y al fondo el antiguo palacio imperial de Kioto.
—Tienes razón —le contesto, perturbada—. Estoy en el Parque Imperial de Kioto. Pero la verdad es que ya no sé con certeza dónde estoy. Creo que de nuevo he perdido contacto conmigo misma.
—Puedes llamarme Mitsuko. Pero te advierto que no soy una simple colegiala. En realidad soy un objeto de culto. Soy el talismán de los infinitos jardines personales perdidos.
Me explica que pertenece a un círculo de jóvenes japonesas dedicadas al cultivo del desencanto. Un club de apoyo para la consecución del suicidio colectivo. Su círculo se inauguró la tarde en que un grupo de colegialas saltó a la línea del metro, tomadas de la mano. Solo sobrevivió una, ella.
—Desde entonces mi vida carece de sucesos propios. Paso de una mente a otra como el personaje de un cuento que cada lector recrea a su antojo. Pero soy buena descifrando laberintos. Toma mi mano, te sacaré de este.
Mientras me habla, advierto que Mitsuko carece de dientes. Y ahora tampoco hay globos oculares en las órbitas de sus ojos. Me veo flotando bocabajo entre las burbujas magenta del jacuzzi. Una parte de mí concluye que Adolfo no existe. Me levanto, espantada. Truena. El viento azota el ramaje de los cerezos, barre las hojas junto al camino. El jardín se oscurece, súbitamente cae un fuerte aguacero. Tomo la pañoleta y empiezo a correr hacia cualquier parte. Sé que Mitsuko, inmóvil, me sigue con su mirada hueca. Mientras me pierdo por los senderos del parque regreso al vagón del tren en Tokio. Me veo a mí misma bajarme en la estación de Shinjuku, quizá voy para el Jardín Nacional, uno de mis destinos preferidos en la ciudad. Llego al hotel, el recepcionista hace una amable venia al verme, usa un anacrónico bastón con mango de plata. Me pregunto dónde podré estar entonces, si no voy rumbo a la habitación. Suena mi teléfono. Es Adolfo. Dice que ya terminó su reunión, me propone encontrarnos en los jardines Koshikawa. Me indica cómo llegar en el metro. Acepto, aunque me duele un poco el tobillo. Lo comparo con el tallo fisurado de una copa. Él se ríe. Seguro aquél paso en falso la semana pasada, mientras trotaba en el parque de Kioto, explico. Algo me dice acerca del clima, pero sus palabras se desdibujan en un ruido de turbinas. La comunicación empieza a fallar. Luego se corta.

...

Sobre el autor:
Jairo Andrade. Cali, 1971. Fue segundo premio en el concurso Narrativa Joven (Alcaldía de Cali, 1989), Primer Premio en el concurso de cuento IDCT (Bogotá, 1999), primer finalista en el Concurso Nacional de Novela Corta Universidad Central (Bogotá, 2009 y 2010), segundo premio en el Concurso Nacional de Cuento Universidad Central (Bogotá, 2010) y finalista en el concurso de cuento homenaje a Clarice Lispector del Instituto Brasil - Colombia (Bogotá, 2011). Ha sido director de talleres y jurado de concursos literarios en diversas universidades, y en el Concurso Nacional de Cuento RCN - Ministerio de Educación desde 2007. Dirige el Taller Virtual de Escritores desde 2009, y el Club de Literatura de la Fundación Gilberto Alzate Avendaño desde 2002. El cuento aquí publicado hace parte de la antología "Cuaderno 2011", proyecto ganador de una de las Becas a la Edición de Antologías de Talleres Literarios del Ministerio de Cultura de Colombia (2011).

No hay comentarios: